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El rincón de Irenia

La búsqueda del Santo Grial - Victoria Cirlot

La búsqueda del Santo Grial -  Victoria Cirlot El miércoles de la semana pasada comenté que zapeando había dado con una interesante entrevista con Victoria Cirlot, una de las mejores especialistas en el ciclo artúrico de este país.

Ahora, buscando material para el trabajo, he dado con un artículo suyo publicado en la revista Historia de Nacional Geographic sobre la búsqueda del Santo Grial.

Interesantísimo.

Un mito para occidente. La Búsqueda del Grial

El mito del Grial o del Santo Grial es esencialmente una aventura iniciática, la de la búsqueda de un extraño objeto de propiedades maravillosas por parte de un joven caballero, casto e ingenuo, que, tras un primer fracaso, empeña su vida en esa quimérica persecución. El Grial tiene un halo mágico y un claro simbolismo cristiano ya en nuestro primer narrador, el novelista Chrétien de Troyes, en su inacabado relato El cuento del Grial, que perdura en la gran novela alemana Parzival, de Wolfram von Eschenbach. Unas veces el Grial es un amplio recipiente, sobre el que se lleva una hostia consagrada para un rey tullido; otras (en el relato galés de Peredur) una bandeja con una cabeza que exige venganza, o bien (en Parzival) una piedra mágica sobre la que desciende el Espíritu Santo.

El primer buscador del Grial
Una noche, en el castillo de un valle, un joven caballero asiste a una escena maravillosa. Sentado en un lecho junto al señor del castillo en el que se aloja ve aparecer, mientras esperan la cena y durante la misma, a un cortejo formado por vanos personajes entre los que destacan un criado que sostiene una lanza sangrante, y una hermosa doncella que entre sus manos lleva un «grial» que despren de un gran resplandor. El joven no pregunta por aquella maravilla que pasa delante de él para desaparecer en una habitación contigua. El cortejo sale de la habitación y vuelve a pasar delante de él, pero el joven continúa en silencio, pensando que ya preguntará al día siguiente. Pero cuando se despierta por la mañana comprueba que el castillo se halla desierto y que ya no hay nadie a quién preguntar.

El suceso habría permanecido en el más completo misterio si aquella misma mañana el muchacho no se hubiera encontrado con una doncella que le aclara algo de lo sucedido: el señor del castillo era el Rico Rey Pescador, tullido por haber sido herido por una jabalina entre las piernas, y el cortejo al que había asistido no era otro sino el cortejo del Grial. El joven caballero, que hasta el momento no ha recibido nombre alguno en el relato, después de oír a la doncella, «adivina su nombre» y dice llamarse Perceval (del francés: percer le val, «cruzar el valle», «penetrar en los secretos del valle»), con lo que se manifiesta el carácter fundamental de la aventura.

Una aventura ante la que el héroe ha fracasado. Su silencio será criticado por la doncella que resulta ser su prima. Ella lo asocia con el fallecimiento de la madre de Perceval -muerta del dolor por la partida de su hijo- y anuncia grandes males, entre ellos que la tierra quedará yerma. A pesar de todo, Perceval continúa su camino, que le conduce hasta la corte del rey Arturo, donde volverá a oír de nuevo en público, delante de todos los cortesanos de Camelot, las recriminaciones por su silencio en boca de un extraño personaje, la Doncella Fea en la mula. Pero en esta ocasión, las duras palabras de la horrible doncella se clavan en su corazón y le hacen hablar de un modo muy distinto al del resto de la caballería. Un nuevo horizonte se perfila en el pensamiento del héroe. Es un horizonte desconocido hasta el momento: una errancia sin descanso que habrá de conducirle hasta «saber por qué sangra la lanza» y «a quién se sirve con el Grial». Acaba de abrirse un nuevo espacio en el que comienza la búsqueda (queste) del Grial.
Este es el corazón del primer relato europeo sobre el Grial, iniciador de toda una poética dedicada a elaborar y reelaborar el mito. Escrito por Chrétien de Troyes en la corte de Felipe de Flandes hacia el año 1180, El cuento del Grial (Li Contes del Graal), tanto por su carácter inacabado como mucho más por el enigma que contenía, abrió un amplio campo de expectativas entre la nobleza francesa y alemana, que habría de verse satisfecho por casi un siglo de escritura: en Francia, desde las denominadas Continuaciones (cuatro romans en verso, compuestos entre 1190 y 1240, que trataron de «continuar» la obra de Chrétien) y la Historia del Santo Grial de Robert de Boron (1190), hasta los romans en prosa, como Perlesvaus o El alto libro del Graal de autor anónimo (1210) y La búsqueda del Santo Grial (Queste du saint Graal), también de autor anónimo (1235), y en Alemania, desde el Parzival de Wolfram von Eschenbach (ca. 1200) hasta El joven Titurel de Albrecht von Scharfenberg (ca. 1270). Son éstas las obras más importantes, las constructoras del mito, que no agotan en modo alguno todas las versiones y traducciones que llegaron a escribirse sobre él en la Europa medieval.

Un mito de origen celta
¿En qué consistió la elaboración del mito? O dicho de otro modo, ¿por qué se volvió una y otra vez sobre él generando tal intensidad de imaginación y escritura? Esta pregunta surge siempre que hay que vérselas con la historia del Grial, pues nos encontramos ante un material lleno de significado, absolutamente maleable y que justamente se muestra para ser moldeado. Del «trabajo en el mito» brotan nuevos significados que responden a las preguntas inquietantes que se formulan las diversas culturas a lo largo de los siglos. Concretamente en los siglos XII y XIII, en la época de formación y construcción del mito del Grial, el proceso de elaboración consistió en cristianizar una tradición celta. Si la obra novelística de Chrétien de Troyes y sus continuadores surgió de la denominada «materia de Bretaña», es decir, de las leyendas relacionadas con el mundo artúrico y de los relatos transmitidos por los bardos bretones (de la isla y del continente) en los que sobrevivían los restos de la antigua cultura celta, nunca antes una trama mítica había tendido tanto como la del Grial a revestirse de un significado cristiano.
En efecto, El cuento del Grial incitó a desarrollar y a profundizar progresivamente en su posible sentido religioso, que al comienzo sólo estaba veladamente sugerido. Una de las características más destacadas del arte narrativo de Chrétien radica en su ambigüedad y ciertamente en su relato el mito del Grial ni conserva íntegramente sus rasgos celtas ni tampoco propone una interpretación cristiana del mismo. Se sitúa en un punto medio en el que sobre todo lo que brilla es lo maravilloso. Con todo, es posible vislumbrar los restos de sus orígenes celtas.
En El cuento del Grial de Chrétien de Troyes, el castillo del Grial «aparece» de pronto ante la mirada atónita de Perceval que, al no poder atravesar un río, sigue los consejos de un anónimo pescador y sube a lo alto de una montaña. Una vez arriba y en contra de lo que se le había anunciado, Perceval no vislumbra ningún castillo, hasta que de pronto ve surgir en el valle unas torres. Se trata de un castillo maravilloso y la visita del héroe al mismo entronca con un género narrativo propio de las literaturas célticas, que suelen relatar las visitas de los héroes al Otro Mundo.

La iniciación heroica
La aventura del Grial en el relato de Chrétien es el centro de toda una serie de aventuras que tienen como finalidad mostrar el aprendizaje del héroe. Como todas las novelas artúricas, ésta también se caracteriza por ser un relato iniciático. La historia había comenzado en la casa de la madre del héroe que, tras la muerte de su marido y de sus otros hijos, decidió apartarlo totalmente de la corte y de la caballería. Su joven hijo vive en un estado semisalvaje, hasta que un día se encuentra con un grupo de caballeros y queda deslumbrado por la belleza de sus armas.
A partir de ese momento Perceval sólo piensa en dejar la casa de su madre y acudir a la corte del rey Arturo, que, según le han dicho los caballeros, es «el rey que entrega armas». Ante la decisión inquebrantable del hijo, la madre se limita a contarle la trágica historia de su padre y le da consejos que serán equivocadamente aplicados. Cuando su hijo parte, la madre cae desmayada de dolor junto al puente. El joven hijo de la viuda dama es presentado como un necio, un salvaje, un ignorante, y sus actos sólo mostrarán una gran confusión.

Con tintes cómicos trata Chrétien a este personaje que prosigue su camino hasta la corte del rey Arturo donde matará a un caballero, el llamado Caballero Bermejo, para quedarse con sus armas rojas. Una vez ha conquistado las armas, el joven se inicia en la caballería gracias a su maestro en armas Gomemanz de Goort. Pero una imagen le inquieta y decide abandonar el castillo de Gomemanz: es el recuerdo de su madre caída junto al puente. Los consejos de Gornemanz sustituyen a los consejos de su madre. Entre ellos, el maestro le aconseja no hablar demasiado. De nuevo será éste un consejo mal aplicado por parte del joven. En el camino de regreso a casa de la madre, el aprendiz de caballero encuentra el amor. En el castillo de Blanchefleur, el joven ejercitará las armas en defensa de la doncella desprotegida, de modo que cuando sale de allí se ha convertido en un caballero cortés al haber realizado la relación inextricable entre armas y amor propuesta por el modelo cortesano.
Y es en ese camino de retorno a casa de su madre cuando encuentra el castillo del Grial, que plantea una aventura desconocida, insospechada, más allá de todo presupuesto cortesano. Cuando ve aparecer la torre desde lo alto del risco, Perceval se dirige hacia el castillo donde es recibido como si todos le estuvieran esperando. El que antes había encontrado pescando, está ahora sentado y se disculpa de no levantarse, pues «no se puede valer». Ya sentado junto al señor del castillo, le traen una espada que difícilmente será ni mellada, ni quebrada, y que se ajusta perfectamente a su mano. Luego, en las versiones posteriores del mito, la espada rota será símbolo del fracaso del héroe. Pero en el roman de Chrétien funciona como prueba de que ha llegado el «esperado», el «elegido». Y en esto pasa el cortejo y el joven calla porque recuerda que su maestro en armas le aconsejó que no hablara demasiado. Y a la mañana siguiente encuentra a la doncella que explica algo de lo sucedido la noche anterior y sobre todo, le anuncia la muerte de su madre. El retomo a casa de la madre ya no tiene sentido.
La reaparición de la corte de Arturo marca, como siempre en este género literario, el final de un proceso: el joven que salió de casa de la madre como un ignorante se ha convertido ya en un perfecto caballero cortesano, como se pone de manifiesto en la conversación que mantiene Perceval con Gauvain después de una prodigiosa escena, la de las gotas de sangre sobre la nieve, en la que Perceval interioriza el amor por Blanchefleur como un amor de lejos. Y una vez en la corte de Arturo, viene el inmediato derrumbamiento del héroe ante la crítica de la Doncella Fea en la mula y la apertura de un inmenso horizonte de errancia que supone la búsqueda del Grial.

La cristianización del mito
Chrétien no prosigue la historia de Perceval, sino que da entrada a otro personaje, Gauvain, y sus aventuras, para de pronto volver a recuperar a nuestro héroe: han transcurrido cinco años y Perceval vive olvidado de Dios. En esta nueva aventura de Perceval sucede la incipiente cristianización del mito. Es el día de Viernes Santo, y Perceval encuentra a un ermitaño, con quien se confiesa. El ermitaño ofrece una nueva versión del suceso en el castillo del Grial, en la que sobre todo destaca el hecho de que el Grial se presenta como algo muy santo que contiene una hostia que mantiene con vida al Rey del Grial, quien se encuentra en la habitación contigua, y que no es ningún extraño para Perceval, sino que es el hermano de su madre, como el mismo ermitaño. El mismo Rey Pescador es primo de Perceval. Y después de esta aventura con el ermitaño Chrétien recupera a Gauvain y tras unos versos más, el relato queda interrumpido, según uno de sus continuadores a causa de la muerte del escritor de la Champaña.

Continuaciones de la leyenda
De entre las reelaboraciones del mito sobresale la de Wolfram von Escherbach que siguió literalmente el argumento trazado por Chrétien, al que cita en el epílogo como la fuente fundamental junto a un tal Kyot el provenzal nunca identificado. Wolfram amplió de forma considerable el relato llenando las elipsis tan queridas por Chrétien, y reinterpretó pasajes decisivos. Entre sus cambios el referido al propio Grial, que en el relato alemán ya no es un recipiente amplio, en forma de bandeja, sino una piedra misteriosa (lapis exillis, tal vez lapis ex coelis), y a ella se refiere la pregunta que el héroe tiene que formular en el castillo del Grial.
Poco después del relato de Chretien, otro escritor, Robert de Boron, escribió una trilogía de la que sé se ha conservado la primera parte y fragmentos de la segunda, pero en la que se argumentó de una manera definitiva el sentido cristiano del mito. Su Historia del Santo Grial transcurre en tiempos de José de Arimatea, y el Grial es el vaso en el que se recogió la sangre de Cristo y la lanza es la de Longinos que penetró el costado de Cristo. A partir de esta obra se aseguró la identificación cristiana de los objetos dentro de un ambientes en los que perduró el celtismo, como sucede en el Perlesvaus o en las Continuaciones.
La definitiva cristianización del mito la encontramos en La búsqueda del Grial, el segundo libro de la trilogía del Lanzarote en prosa (este Lanzarote en prosa es un extenso ciclo novelesco que reelabora la materia artúrica ampliando las aventuras caballerescas; se compone de un largo Lanzarote, La búsqueda del Santo Grial y La muerte del rey Arturo). Un nuevo héroe, el puro Galaad, se sitúa por encima de Perceval en una búsqueda que se va despojando de todo atributo mundano para ser una búsqueda espiritual. Galaad, el hijo de Lanzarote, nacido en una confusa noche de amor con una frágil princesa y educado por los monjes blancos, es puro y perfecto. Frente a él, Perceval resulta ingenuo y más mundano. Lanzarote, el gran caballero, está marcado por su pasión amorosa hacia la reina Ginebra. Sólo Galaad está predestinado a alcanzar el triunfo por su perfección espiritual.

La caballería celeste
El Grial es el centro de una experiencia visionaria y mística en que se despliegan los misterios divinos de la transubstanciación. El simbolismo místico del Grial, con sus disquisiciones eucarísticas, no dejaba de ser una doctrina heterodoxa que la Iglesia vio pronto con recelo y condenó después. Los clérigos que redactaron este hábeas novelesco, influidos por las doctrinas del Císter, prefirieron, con buenas razones, silenciar sus nombres. La búsqueda del Grial opone a los triunfos de la «caballería terrestre» los afanes trascendentes de la «caballería celeste». En la búsqueda del Grial fracasan los paladines mundanos, como Gauvain o Lanzarote. Sólo los puros de corazón, como Perceval, pueden alcanzar junto al nuevo paladín Galaad, el triunfo espiritual y acercarse a lo divino. Al final del relato, Galaad muere en pleno fulgor espiritual en la ciudad de Sarraz (una Jerusalén celeste) ante la visión de la copa, y una mano salida del cielo retira definitivamente el Grial de la tierra. En la última novela de la trilogía, La muerte del rey Arturo, se relatará el hundimiento trágico y las luchas fratricidas que acaban con la muerte del rey y sus mejores caballeros.
Tras esta obra, el mito del Grial generó ya pocos relatos originales. Salvo El joven Titurel de Albrecht von Scharfenberg, obra de gran extensión y complejidad, sólo aparecieron traducciones de las obras ya conocidas a otras lenguas y reescrituras, como por ejemplo la que se encuentra en La muerte de Arturo (1469-1470) del inglés sir Thomas Malory, en la que se recogen distintos mitos y temas para alcanzar, con un estilo brillante y vivaz, un auténtico compendio del universo artúrico.
Más allá de sus orígenes medievales, el mito del Grial, con sus múltiples interpretaciones, ha dejado una huella indeleble en el Occidente europeo. A través de recreaciones como el drama musical Parsifal de Wagner y, más tarde, las novelas de John Steinbeck (Los hechos del rey Arturo y El rey Arturo y sus caballeros) y Terence H. White (Camelot), esos ecos míticos y literarios llegan hasta nuestros días, no sólo por sus constantes reapariciones en la escritura y sobre todo en la cinematografía, sino porque albergan un modelo de pensamiento y sugieren un afán de aventuras que pueden ser considerados propiamente occidentales: la búsqueda (queste) y la pregunta (en latín, ambos proceden de la raíz del mismo verbo, quaerere) como actitud y riesgo en el enfrentamiento juvenil ante lo misterioso y trascendente.
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4 comentarios

alan maxcimiliano -

deberian poner mas imagenes para poder imprimir junto con el texto

Irenia -

De nada!!!

Si te gusta el ciclo artúrico, mírate esta web. Me quedé alucinada cuando la encontré: http://perso.wanadoo.es/ricardo.cob/

Besos i bona nit :)

acróbatas -

Ey, y gracias por enlazarme! ;-)

acróbatas -

Ayer, cuando colgaste el mensaje, lo imprimí y lo he leido hace un rato volviendo del trabajo... Me "alucinan" todas estas historias... Gracias por compartir!
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