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El rincón de Irenia

La casa de las ilusiones

La casa de las ilusiones La voz de los niños de San Ildefonso le acompañaba en esa mañana, como cada 22 de diciembre desde que tenía uso de razón. Sólo compraba un único décimo al año. Iba a la administración de su barrio y pedía un número. Le daba igual cuál fuese, al fin y al cabo todos estaban en el bombo. Luego, volvía a la pequeña librería que regentaba y lo guardaba en cajita de madera que le hizo su marido poco antes de casarse. «Es para que guardes tus sueños en ella» le dijo cuando se la regaló. Desde ese momento tomó el hábito de escribir en una hoja de papel lo que anhelaba de corazón, luego la doblaba cuidadosamente y la dipositaba en la caja. Durante esos años había escrito pensando en la salud, el trabajo y el bienestar de los suyos; siempre lo hacía en forma de pequeños cuentos que tiraba cuando los reemplazaba por el siguiente.
Después de dejar el décimo en la caja, tomó una hoja de papel, cogió su vieja pluma y se dispuso a escribir su deseo para el año siguiente. Alguien la interrumpió. Un hombre joven, de buena presencia, entró en el establecimiento y muy educadamente le pidió si podía ayudarle en la elección de un libro para su novia.
–Por supuesto, caballero –respondió ella con una sonrisa.
Durante un buen rato le estuvo preguntando acerca de los gustos de la joven y finalmente salió del almacén con un libro antiguo, de hojas ya amarillentas y casi ajadas.
–Este es el libro ideal para ella. Si no le gusta, no se preocupe, que se lo cambiaré por el que quiera.
–Estoy convencido de que ha acertado con su elección. Me han hablado mucho de usted y de su capacidad para dar con el libro exacto para cada persona.
–¿De mi? –dijo ella intrigada–. Pero si sólo me conocen en este barrio.
El joven cogió su libro, la miró con una mezcla de dulzura y picardía y se fue.
El sorteo ya había terminado. Como de costumbre, la suerte había pasado de largo. Así que siguió escribiendo su sueño. Pero no dejaba de pensar en las palabras del joven.

El día de Navidad, en medio de la tertulia comentó lo acontecido tres días atrás.
–¡Bah, mamá, seguro que era alguien que quería reírse de ti! –contestó su hijo mayor.
De los tres hijos que había tenido el matrimonio, él era el menos imaginativo, el menos impresionable y cada año seguía preguntándose porqué su madre seguía al frente de un negocio que no daba grandes beneficios en vez de retirarse o dedicarse a otra cosa. Ella le contestaba que su librería formaba parte de su vida y que no pensaba jubilarse mientras le quedase ánimo para seguir frente a ella.

El primer día laborable después de Navidad, el joven volvió a la librería acompañado de su novia.
–Quería darle personalmente las gracias por su elección. ¿Sabe que hacía años que buscaba ese libro y no había manera de encontrarlo? –explicó la joven.
–Ya te dije que lo había encontrado en un sitio especial –añadió él.
–¿Especial? No sé porqué. Llevo toda mi vida al frente de este negocio, no hago más que cumplir con mi trabajo.
–Pero usted tiene un don, si me permite la observación –siguió él–. Durante años he oído hablar de usted y de él a diferentes personas. Los primeros fueron mis padres. ¿Sabe que mi padre enamoró a mi madre regalándole un libro comprado aquí? ¿Sabe que ha dado esperanza a muchas personas recoméndaloles la lectura adecuada para cada ocasión o bien escribiéndoles un cuento expresamente para ellos? Sí, ya sé que me dirá que eso forma parte de su trabajo.
La mujer estaba cada vez más intrigada. ¿Quién le había hablado de ella?

Lejos quedaba el tiempo en el que la librería era la casa de las ilusiones en forma de cuentos... Cuentos. Recordaba perfectamente cómo comenzó a escribir cuentos para los demás. Un día se presentó en la librería una mujer que quería hacerle un regalo especial a su marido, pero apenas disponía de dinero. A él le apasionaba la lectura así que el regalo ideal tenía que ser un libro. La librera repasó mentalmente el fondo del que disponía en esos momentos y no halló nada adecuado para él. La mujer se desesperanzó: ¿Qué iba ha hacer entonces? La librera la vio tan compungida que inmediatamente pensó en escribir ella misma una historia a medida. Quizá no tendría una excelente calidad literaria, pero sacaría del apuro a esa mujer. Al día siguiente el cuento estaba escrito. Nunca más supo de esa mujer y de su marido, pero a partir de ese momento, mucha gente llegaba con la esperanza de encontrar una historia para ellos.
Pero ahora todo había cambiado. Ya nadie entraba por un cuento a medida, y apenas lo hacían por un libro.
–Me gustaría pedirle un cuento para mi abuela –dijo la joven despertando a la mujer de su ensimismamiento momentáneo–. Será su regalo de Reyes.
La mujer escribió el cuento. Mientras lo hacía, tenía la extraña sensación de conocer de antiguo a la persona que lo iba a recibir.

Los días previos a Reyes fueron frenéticos. La librería estaba permanentemente llena de gente que buscaba el regalo ideal para las personas que querían. Y la librera se llenó de ilusión como cuando era niña y aún creía en los Reyes Magos.

El día de Reyes se despertó temprano y en vez de remolonear en la cama, se levantó para comprobar que los regalos estaban en su sitio, esperando a que todos los miembros de la famila se reuniesen para abrirlos. Era la tradición más arraigada en su casa; daba igual que sus hijos ya fuesen mayores y estuviesen emancipados. El día 6 de enero iban temprano a casa de sus padres para compartir con ellos la ilusión de una mañana mágica. Volvió a la cama. Le gustaba sentir el calor cercano de su marido.
–¿Ya haces como los niños pequeños levantándote para ver si han venido los Reyes? –preguntó él burlón.
–Quería que comprobar que todo estuviese en orden.
–Tengo una cosa para ti –dijo él después de besarla–. Y quiero que quede entre tú y yo, por eso no lo he puesto con el resto de regalos.
El hombre se levantó y le dio un paquete del tamaño de un folio que pesaba bastante. La mujer lo abrió ilusionada y en su interior encontró una caja idéntica a la que él le regalase muchos años atrás, sólo que más grande.
–Ábrela, cariño, por favor.
Ella obedeció y en su interior encontró los sueños en forma de cuento que había escrito desde que él le regalase la primera caja. Allí estaba la ilusión de su matrimonio, de sus embarazos, su tesón por tirar adelante su negocio...
–Pero, ¿cómo lo has hecho? ¡Si los fui tirando todos!
–Es cierto, pero sin que te dieras cuenta, yo los recuperaba.Vi de forma fortuita como te deshacías del primero y decidí guardarlos porque pensé que algún día te gustaría tenerlos.
–Sabes que eso era precisamente lo que quería, ¿verdad? Lo que ha ocurrido estos días en la librería me ha hecho pensar en toda nuestra vida, en todos nuestros sueños, en los cumplidos y en los que se quedaron por el camino. No hemos tenido una vida fácil, pero hemos luchado para llegar hasta aquí y sé que aún tenemos fuerza para seguir.

Al día siguiente volvió a la librería como de costumbre. Bajo la puerta encontró una carta escrita a mano, en una caligrafía no demasiado clara. La misiva era de la abuela para la que había escrito el último cuento. En el sobre se podía leer: «Gracias por haberme regalado la ilusión por segunda vez.»
La abrió intrigada y comenzó a leer. Ella era la mujer para la que años atrás había escrito ese primer relato. Le contaba que días después de recibir el cuento, su familia tuvo la oportunidad de emigrar para mejorar su situación y así lo hicieron. Durante años esa historia les había acompañado y les había dado aliento y contaban, a quién quisiera escucharles, como una joven que regentaba una pequeña librería les había regalado la ilusión cuando más la necesitaban. Hacía muy poco que habían regresado y su nieta, atrapada desde siempre por esa vieja historia, quiso comprobar si todavía existía ese local. Lo que menos podía ella imaginarse es que, unos días antes, su pareja, atrapada también por una historia familiar casi idéntica, requeriría los servicios de la misma mujer.

La librera se quedó sorprendida de la coincidencia y feliz de pensar que su trabajo había servido para dar un poco de alegría a los demás. Guardó la carta en su cajita para los sueños y acabó de subir la persiana del local, que había dejado a medias al ver la carta. Algo había cambiado: el rótulo de la librería había cambiado; ya no ponía «Librería» sino “La casa de las ilusiones”. Lo que ella aún no sabía era que su hijo mayor, de acuerdo con sus hermanos, fue el que encargó que hiciesen el cambio la noche de reyes para sorprender a su madre.
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1 comentario

Angi -

Un relato exquisito, mi padre, durante un tiempo hizo realidad su sueño, su librería se llamaba Tebas y cuando alguien no podía comprar un libro se lo regalaba, me has recordado que aunque los sueños y las ilusiones no siempre se cumplan, no hay motivo para dejar de creer en ellos.

Gracias y felicidades, pronto vendran los Reyes Magos.
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