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El rincón de Irenia

Mal de ojo

Mal de ojo

Hace más de un mes que tengo el ojo mal. Estoy preocupada y ya empiezo a estar asustada.

Hoy he vuelto a urgencias. Ya no saben si la queratitis persiste o bien el herpes se ha reproducido. “Vuelve dentro de una semana”, me han dicho.

Y yo sigo sin entender nada. Hasta hace un mes apenas había tenido problemas, sólo las conjuntivitis a los que estamos expuestos todos y hacía muchos años que no tenía. Sí, conozco los riesgos de llevar lentillas (llevo 22 años con ellas) pero también sé que no hay otra manera de corregir mi miopía. Siempre he tenido especial cuidado con todo lo referido a la vista y me preocupa que ni los médicos sepan qué ocurre. No entiendo que hace diez días me dijesen que ya estaba curada y a los cuatro días de llevar las lentillas de nuevo (sin forzar el ojo, por supuesto, y sin notar dolor hasta ayer por la tarde) se repita la infección.

¿Y el trabajo? Porque no rindo igual viéndome que sin verme. Porque aunque digan que veo poco con este ojo, al menos, veo. ¡Y noto tanto que me falta! Espero no perderlo.

Me han hablado de operación casi como única salida. Ya llevo tiempo pensándolo, pero sinceramente, el sitio no me ofrece demasiadas garantías. El día de la primera visita para la operación no supieron ni graduarme bien. De acuerdo, tenía el ojo enfermo, pero ¡mira que decirme que veía un 5%! Luego está la experiencia de una de mis compañeras de trabajo también operada allí, que no ha sido nada positiva... Por suerte hay más clínicas y evidentemente buscaré la mejor. Con la salud no se juega. Quería esperarme al mes de marzo para acabar bien la campaña de este año, pero quizá tenga que pasar por el quirófano antes ¡Mientras no pierda ni el ojo ni el trabajo!

Hay cosas que no se cuentan y mueren en los corazones

Hay cosas que no se cuentan y mueren en los corazones

Hoy te has ido quizá para no volver. Miro a través de la ventana y veo la lluvia caer, lluvia que se confunde con mis lágrimas mientras te escribo.

Verte partir ha sido duro, pero ella te espera.

Hace poco leí que hay cosas que no se cuentan y mueren en los corazones. ¡Y es tan cierto! En su mayoría son sentimientos que se callan por pudor, por temor o por ignorancia. Y precisamente por temor nunca te he dicho que te quiero. Sé que lo has sabido siempre, pero el miedo a perderte y verte huir de mi lado es lo que me ha hecho callar. Y justo ahora que no estás, siento la necesidad de decírtelo.

Durante tiempo he estado en la sombra, ejerciendo de amiga “perfecta” –término, que, según dijiste una vez, había sido inventado expresamente para mí–, dándote mi apoyo, mimándote, esperando en silencio ser la próxima elegida cada vez que una de tus relaciones fracasaba. Muchas veces tu pago no fue más que tu frialdad; eres experto en poner un muro entre tu corazón y los demás. No sé si lo haces para protegerte o para engañarte. Pero aun así intentaba comprender tu actitud y la justificaba una y otra vez, aunque me matase. ¿Ingenuidad?, quizá, pero prefiero llamarlo amor.

Siempre has estado a mi lado, siempre he podido contar contigo, siempre has tenido la palabra justa en el momento oportuno. Y eso te hacía realmente especial. Has sido mi amigo, mi consejero..., lo has sido todo, menos mi amante. Y por fin me atrevo a decirte que desearía que soñases mi piel y que mi risa te despertase cada mañana, que mi mirada te acompañase durante el día y mis caricias te sedujesen cada noche. Pero sé que eso nunca será más que una ilusión. Bien, lo acepto.

Espero que seas muy feliz.

Ya sabes que puedes contar conmigo.

Te quiero.

Te necesito - Amaral

Te necesito - Amaral

Te necesito, como a la luz del sol, en este invierno frío pa' darme tu calor

Oh Oh Oh Oh como quieres que me aclare
si aún soy demasiado joven
para entender lo que siento
pero no para jurarle
al mismísimo Ángel negro
que si rompe la distancia
que ahora mismo nos separa
volveré para adorarle
le daría hasta mi alma
si trajera tu presencia
a esta noche que no acaba.

Te necesito
como a la luz del sol
en este invierno frío
pa’ darme tu calor

Oh Oh Oh Oh como quieres que te olvide
si tu nombre esta en el aire
y sopla entre mis recuerdos
si ya se que no eres libre
si ya se que yo no debo
retenerte en mi memoria
Así es como yo contemplo
mi tormenta de tormento
así es como yo te quiero

Te necesito
como a la luz del sol
en este invierno frío
pa’ darme tu calor
te necesito
como a la luz del sol
tus ojos el abismo
donde muere mi razón

Oh Oh Oh Oh como quieres que me aclare
Oh Oh Oh Amor como quieres que te olvide

Te necesito
como a la luz del sol
en este invierno frío
pa’ darme tu calor
te necesito
como a la luz del sol
tus ojos el abismo
donde muere mi razón
Oh Oh Oh te necesito
te necesito
te necesito
te necesito

Letras de sal - Ana Torroja

Letras de sal -  Ana Torroja

Un destello y luego nada más, el recuerdo de un calor fugaz

Sólo quería verte feliz
todo el resto me daba igual
Y llevo escrito en mi cicatriz
Tu nombre escrito con letras de sal.

Letras de sal
Dulce dolor
Un breve esplendor
Un destello y luego nada más
El recuerdo de un calor fugaz

Quedó en el aire una sensación
Una invitación a llorar
Que con el tiempo se disolvió
Con un verso escrito en el mar

Letras de sal
Dulce dolor
Un breve esplendor
Un destello y luego nada más
El recuerdo de un calor fugaz

Vivir sin aire - Maná

Vivir sin aire - Maná

Me encantaría robar tu corazón

Como quisiera poder vivir sin aire
Como quisiera poder vivir sin agua
Me encantaría quererte un poco menos
Como quisiera poder vivir sin ti

Pero no puedo, siento que muero
Me estoy ahogando sin tu amor

Como quisiera poder vivir sin aire
Como quisiera calmar mi aflicción
Como quisiera poder vivir sin agua
Me encantaría robar tu corazón

Como pudiera un pez nadar sin agua
Como pudiera un ave volar sin alas
Como pudiera la flor crecer sin tierra
Como quisiera poder vivir sin ti

Pero no puedo, siento que muero
Me estoy ahogando sin tu amor

Como quisiera poder vivir sin aire
Como quisiera calmar mi aflicción
Como quisiera poder vivir sin agua
Me encantaría robar tu corazón
Como quisiera lanzarte al olvido
Como quisiera guardarte en un cajón
Como quisiera borrarte de un soplido
Me encantaría matar esta canción

La Odisea y las sirenas

La Odisea y las sirenas

Ulises y las sirenas. de Herbert Draper (1909).

Probablemente el relato más conocido de las sirenas sea el de La Odisea de Homero. Después de pasar una larga temporada en el palacio de Circe, Ulises emprende definitivamente el camino a Ítaca. La diosa, antes de dejarle partir, le adelanta algunas de las aventuras que va a vivir en los días siguientes. La primera de ellas será el encuentro con las sirenas.

[...] Circe me tomó de la mano y me hizo sentar lejos de mis compañeros y, echándose a mi lado, me preguntó detalladamente. Yo le conté todo como correspondía y entonces me dijo la soberana Circe:
–Escucha ahora tú lo que voy a decirte y lo recordará después el dios mismo: Primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca. Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil -que sujeten a éste las amarras-, para que escuches complacido, la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas. [...]
Así dijo y, al pronto, llegó Eos, la de trono de oro.
Ella regresó a través de la isla, la divina entre las diosas, y yo partí hacia la nave y apremié a mis compañeros para que embarcaran y soltaran amarras. Así que embarcaron con presteza y se sentaron sobre los bancos y, sentados en fila, batían el canoso mar con los remos. Y Circe de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de voz, envió por detrás de nuestra nave de azuloscura proa, muy cerca, un viento favorable, buen compañero, que hinchaba las velas. Después de disponer todos los aparejos, nos sentamos en la nave y la conducían el viento y el piloto.
Entonces dije a mis compañeros con corazón acongojado:
–Amigos, es preciso que todos –y no sólo uno o dos conozcáis las predicciones que me ha hecho Circe, la divina entre las diosas. Así que os las voy a decir para que, después de conocerlas, perezcamos o consigamos escapar evitando la muerte y el destino.
–Antes que nada me ordenó que evitáramos a las divinas Sirenas y su florido prado. Ordenó que sólo yo escuchara su voz; mas atadme con dolorosas ligaduras para que permanezca firme allí, junto al mástil; que sujeten a éste las amarras, y si os suplico o doy órdenes de que me desatéis, apretadme todavía con más cuerdas.
Así es como yo explicaba cada detalle a mis compañeros.
Entretanto la bien fabricada nave llegó velozmente a la isla de las dos Sirenas –pues la impulsaba próspero viento–. Pero enseguida cesó éste y se hizo una bonanza apacible, pues un dios había calmado el oleaje.
Levantáronse mis compañeros para plegar las velas y las pusieron sobre la cóncava nave y, sentándose al remo, blanqueaban el agua con los pulimentados remos.
Entonces yo partí en trocitos, con el agudo bronce, un gran pan de cera y lo apreté con mis pesadas manos. Enseguida se calentó la cera –pues la oprimían mi gran fuerza y el brillo del soberano Helios Hiperiónida– y la unté por orden en los oídos de todos mis compañeros. Éstos, a su vez, me ataron igual de manos que de pies, firme junto al mástil –sujetaron a éste las amarras– y, sentándose, batían el canoso mar con los remos.



.Ulises y las sirenas de John William Waterhouse (1891).

Conque, cuando la nave estaba a una distancia en que se oye a un hombre al gritar en nuestra veloz marcha, no se les ocultó a las Sirenas que se acercaba y entonaron su sonoro canto:
–Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto los argivos y troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda.
Así decían lanzando su hermosa voz. Entonces mi corazón deseó escucharlas y ordené a mis compañeros que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas, pero ellos se echaron hacia adelante y remaban, y luego se levantaron Perimedes y Euríloco y me ataron con más cuerdas, apretándome todavía más.
Cuando por fin las habían pasado de largo y ya no se oía más la voz de las Sirenas ni su canto, se quitaron la cera mis fieles compañeros, la que yo había untado en sus oídos, y a mí me soltaron de las amarras.

Como sueñan las sirenas - Ana Torroja

Como sueñan las sirenas - Ana Torroja

Shaadi la sirena que sueña con ser mujer.

Como cada atardecer
Shaadi se deja ver
Tejiendo con sueños la marea

Sueña que vendrá del mar
Un amor de carne y sal
Con besos de héroe de leyenda
Y canta, canta...

Le imagina
Cálido y radiante como luz
Susurrándole al oído
Shaadi, Shaadi

Se va el tiempo sin sentir
Y unalma de delfín
Aún sigue soñando
Al tierno amante

Llena de algas su razón
Le da un vuelco el corazón
Al ver un resplandor distante
Y canta, canta...

Y esa noche
Se sumerge en busca de esa luz
Que la llama dulcemente
Shaadi, Shaadi

Nadie sabe
Que el Rey de las Mareas la vistió
De arrecife y madreperla

Y ahora sueña
Florando sobre un lecho de coral
Como sueñan las sirenas.

Penélope - Joan Manuel Serrat

Penélope - Joan Manuel Serrat

No todas las Penélopes son como la esposa de Ulises. También las hay más modernas que llegan a enloquecer de tanto esperar.

Penélope
con su bolso de piel marrón
y sus zapatos de tacón
y su vestido de domingo
Penélope
se sienta en un banco en el anden
y espera que llegue el primer tren
meneando el abanico.

Dicen en el pueblo
que un caminante paro
su reloj
una tarde de primavera
adios amor mío
no me llores, volveré
antes que
de los sauces caigan las hojas.
Piensa en mí
volvere por tí...

Pobre infeliz
se paro tu reloj infantil
una tarde plomiza de abril
cuando se fue tu amante.
Se marchito
en tu huerto hasta la última flor
no hay un sauce en la calle mayor
para Penelope.

Penélope
tristes, a fuerza de esperar,
sus ojos, parecen brillar
si un tren silba a lo lejos.
Penélope
uno tras otro los ve pasar
mira sus caras, les oye hablar
para ella son muñecos.

Dicen en el pueblo
que el caminante volvió
y la encontró
en su banco de pino verde.
La llamo penelope
mi amante fiel, mi paz
deja ya
de tejer sueños en tu mente
mirame.
Soy tu amor, regrese.
Le sonrió
con los ojos llenitos de ayer
no era asi su cara ni su piel
tu no eres quien yo espero.
Y se quedo
con su bolso de piel marrón
y sus zapatitos de tacón
sentada en la estación.

Joan Amades y la mitología de las sirenas

Joan Amades y la mitología de las sirenas

Joan Amades publicó en los años treinta un breve libro titulado Mitologia de la mar. He aquí las dos leyendas que recopiló sobre las sirenas.

És molt estesa la creença en la sirena, ésser femení mig dona mig peix, posseïdor d’una gran bellesa. En les nits de bon clar de lluna surt a flor d’aigua, fins al cos, tota nua i amb la cabellera estesa, i sembla talment una dona que es banya. Habita un palau submarí ple de meravellosos i sorprenents encisos. Sent una gran atracció pels homes, que procura atreure’s amb cançons delicadíssimes, sovint acompanyades amb un instrument de corda. El cant de la sirena té una atracció immensa i és difícil poder sostreure’s al desig de seguir-la. El qui la sirena sedueix és conduït per ella al palau submarí, on esdevé marit seu; hi gaudeix de vida rica i regalada, però es torna mig peix com ella i no pot tornar a la vida terrena.

La sirena era una donzella gallardíssima que vivia en un llogaret de la costa. Estava tan enamorada de la mar, que refusava tots els partits i deia que es volia casar amb la mar. Un dia amb una barqueta se n’anà molt endins i quan ja no veia terra s’emmirallà amb les aigües i caigué a la mar, d’on no ha sortit més i, es convertí en peix de cos avall. Encara que es presenta nua, té uns vestits preciosíssims formats per tots els éssers marins més meravellosos i esplandents. * Quan no pot atreure’s un home que desitja, s’enfureix desesperadament i desencadena els temporals més terribles; la fúria de l’aigua li arrenca petxines i altres elements diamantins del vestit, elements que després llença la mar a la platja i que la mainada va a collir amb avidesa per llur procedència. Són molts els gats de mar que diuen haver-la sentida i han fet popa a corre-cuita.

Y despúes del original catalán, la traducción de una servidora al castellano para que todo el mundo pueda entenderlo ;)



Se cree que la sirena, un ser femenino mitad mujer mitad pez, posee una gran belleza. En las noches de luna clara sale a la superfície del agua y saca medio cuerpo, desnuda y con la cabellera suelta y parece una mujer bañándose. Vive en un palacio submarino lleno de sorprendentes y maravillosos encantos. Siente una gran atracción por los hombres, que procura atraer con canciones muy delicadas que, a menudo, acompaña con un instrumento de cuerda. El canto de la sirena tiene una atracción inmensa y es difícil poder escaparse al deseo de seguirla. Quien es seducido por la sirena, es conducido a su palacio submarino, donde se convierte en su marido. Allí vive una vida regalada pero se vuelve medio pez como ella y ya no puede regresar a la vida terrestre.

La sirena era una doncella gallarda que vivia en un pueblecito de la costa. Estaba tan enamorada de la mar que rechazaba a todos sus pretendientes y decía que quería casarse con el mar. Un dia tomó una barquita y se fue mar adentro. Cuando ya no veía tierra, se reflejó en el agua y cayó al mar de donde ya no salió y se convirtió en pez de cuerpo abajo. Aunque se representa desnuda, tiene unos preciosos vestidos formados por los seres marinos más maravillosos y resplandecientes.
* Cuando no puede atraer al hombre que desea, se enfurece desesperadamente y desencadena los temporales más terribles; la furia del agua le arranca las conchas y otros elementos diamantinos del vestido, elementos que después la mar lanza a la playa y que los chiquillos recogen atraidos por su procedencia. Son muchos los lobos de mar que dicen haberla oído y que han virado a toda vela.


*The Mermaid's Rock de Edward Matthew Hale (1894).

Atrapados en la red - Tam tam go

Atrapados en la red - Tam tam go

Sin Internet muchas cosas no serían posibles.

De tanto buscar hallé
En una dirección de internet
Un foro de forofos
De pelis de terror y de serie B
Ahí conocí a una mujer
Que me escribio amor solo en inglés
Su nombre me sedujo
Y el resto de su ser me lo imaginé

Para que quiero mas
Si me da lo que quiero tener

Te di todo mi amor @love.com
Y tu me @roba-roba-robado la razón
Mandame un e-mail que te abrire mi buzón
Y te hago un riconcito en el archivo de mi corazón

Solo salimos una vez
Anavegar juntos por la red
Saque mi visa oro
Y ella prometio que sería fiel

Nunca tocare su piel
Nunca podre estar donde este
Cuando el amor es ciego
El corazón no miente a unos ojos que no ven

Para que quiero mas
Si me da lo que quiero tener

Te di todo mi amor @love.com
Y tu me @roba-roba-robado la razón
Mandame un e-mail que te abrire mi buzón
Y te hago un riconcito en el archivo de mi corazón

Para que quiero mas
Si me da lo que quiero tener

Te di todo mi amor @love.com
Y tu me @roba-roba-robado la razón
Mandame un e-mail que te abrire mi buzón
Y te hago un riconcito en el archivo de mi corazón

Ciberpirata de amor
Me has abordado a traición.

You're The One

You're The One

España, final de los años 40. Julia se aleja de Madrid víctima de una profunda depresión debido a la muerte en la cárcel de su marido José Miguel, un destacado pintor de ideas opuestas al Régimen. Su destino es "Llendelabarca" la casona familiar en el pequeño pueblo asturiano de Cerralbos del Sella.

"Llendelabarca" está al cuidado de la Tía Gala, que vive con su nuera, Pilara, y su nieto, Juanito. La relación de Julia con ellos y con el maestro del pueblo, don Orfeo, hace que, quizá por primera vez en mucho tiempo, la señorita de la capital no se sienta sola y logre encontrar la paz espiritual que necesita.

Preciosa película cargada de sensibilidad, con una banda sonora excelente y una estupenda fotografía en la que Garci rinde homenaje al cine de los años 40 y 50. Ideal para una tarde de otoño o de invierno.

El habla de un bravo del siglo XVII - Arturo Pérez Reverte

El habla de un bravo del siglo XVII - Arturo Pérez Reverte

Arturo Pérez-Reverte pronunció este discurso en el día de su ingreso en la RAE.

Señoras y señores académicos:

Estar aquí esta tarde es favor altísimo y honra siempre codiciada, en palabras que son venerables en este recinto. Aunque ese favor y esa honra yo no los hubiera codiciado nunca, ni los imaginara siquiera, hasta que ilustres miembros de esta institución, a la mayor parte de los cuales no conocía sino por su prestigio, trabajo y magisterio, me hicieron el inmenso honor de proponer mi nombre para ocupar el sillón de la letra T.
Eso me ha colocado en una doble incomodidad. Primero, por encontrarme hoy aquí, en lugar de otros escritores cuyo trabajo admiro y respeto. Y también porque quien me precedió en el sillón que hoy ocupo fue el profesor don Manuel Alvar. Cualquier orgullo o satisfacción que yo pueda sentir por hallarme aquí se templa y hace modesto ante su obra y su recuerdo.
Con profundo respeto y agradecimiento, como escritor que trabaja con la lengua española que el profesor Alvar tanto amó, tengo que recordar a mi insigne predecesor en este sillón que me dispongo a ocupar. Y por si no bastara el inmenso caudal de su obra, y mi deuda (nuestra deuda) con ella, tengo el privilegio de que algunos de sus discípulos, de esas decenas de miles que tiene repartidos por el mundo de habla hispana, sean mis amigos; y en boca de ellos obtuve hace tiempo la costumbre de pronunciar siempre el nombre de don Manuel Alvar con veneración absoluta. Es difícil contar todo lo que hizo. Sería más fácil hacer recuento de lo que no hizo, al mencionar la obra de este pionero en la globalización de la filología española. Doctor honoris causa de 25 universidades, adelantado en el estudio del español del sur de los Estados Unidos y en el análisis de la sociolingüística al estudiar el español de las Canarias, el hondo saber de aquel maestro indiscutible de la dialectología española abarcó historia de la lengua, sociolingüística, toponimia, literatura contemporánea, literatura medieval, cronistas de Indias, fonética, poesía popular, lengua y literatura sefardí, y culminó en la titánica obra de los atlas lingüísticos, donde trazó la casi totalidad de la geografía del español; con especial atención a esa América que, en sus propias palabras, fue su ventana, desde el norte del río Bravo hasta la Tierra del Fuego, desde Puerto Rico hasta Ecuador. Y entre sus 40.000 páginas escritas y 859 títulos publicados, dos de esos títulos pueden considerarse un manifiesto oportunísimo para estos tiempos y esta Casa: Variedad y unidad del español, y La lengua como libertad.
Con esa lengua hermosa y libre a la que el profesor Alvar dedicó su vida entera, trabajo como escritor, como novelista, desde hace diecisiete años. Por eso hoy elijo un asunto que me es querido y familiar, desde que en 1995 empecé una serie de novelas históricas ambientadas en el siglo XVII, con intención de explicar, a la generación de mi hija, la España en la que hoy vivimos. Somos lo que somos porque, para bien o para mal (a menudo más para mal que para bien), fuimos lo que fuimos. En ese intento por recuperar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada. El trabajo de ambientación histórica y el necesario rigor del lenguaje me llevaron a adentrarme, también, por los vericuetos fascinantes del habla de germanía: esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad hermética; y que hoy es lo que algunos llamamos golfaray: el argot de los delincuentes y de las cárceles, siempre en transformación. Pues, como ya apuntaban las jácaras del siglo XVI:

Habla nueva germanía
porque no sea descornado;
que la otra era muy vieja
y la entrevan los villanos.

Con cuatro novelas de esa serie escritas y con una quinta a punto de acabar, el asunto me resulta cercano. Por eso decidí que mi discurso de entrada en la Real Academia Española trataría del habla de un delincuente, de un bravo. Un valentón, en este caso, de los que en el siglo de Oro vivían mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufián, o jaque. El habla de esa gente quedó recogida en una abundante literatura contemporánea, incluidas brillantes páginas realistas de los más grandes autores de aquel tiempo; no en vano por la cárcel de Sevilla, por citar sólo una, pasaron Mateo Alemán y Miguel de Cervantes. Han transcurrido cuatro siglos, y esa jerga del hampa, riquísima, barroca, salpicada de rezos y blasfemias, no está muerta ni es una curiosidad filológica. Además de su influencia en el español que hablamos hoy, la germanía del XVI y XVII es un deleite de ingenio y una fuente inagotable, práctica, actual, de posibilidades expresivas. Para demostrarlo, con esa habla quiero contarles una historia.

EL HABLA DE UN BRAVO DEL SIGLO XVII

El bravo, el valentón, se levanta tarde. Ya empieza a bajar el sol sobre los tejados de la ancha, la ciudad (que en este caso es Madrid), cuando nuestro hombre se echa fuera de la cama, que él llama piltra, carraspeando para aclararse la gorja. Se nota que anoche besó el jarro más de la cuenta, y que la borrachera, la zorra, aún está a medio desollar. Nuestro jaque se lava un poco, y luego se compone los bigotes, que son fieros, apuntándole a los ojos. Que entre la gente de la carda, la valentía se estima según el tamaño de los bigotes y el mirar zaino, valiente, de quien es (o parece) capaz de reñir con el Dios que lo engendró. Pues él es uno de esos de quienes dice la jácara:

En ese mar de la Corte
donde todo el mundo campa,
toda engañifa se entrucha
y toda moneda pasa;
donde sin ser conocidos
tantos jayanes del hampa
tiran gajes, censos cobran
de las izas y las marcas;
donde, haciendo punto de honra
esto de la vida ancha,
andan como cazadores
viviendo de lo que matan.

Se viste nuestro bravo, tintineándole al cuello el crucifijo de plata y las medallas de santos. Su indumento es propio de la jacarandaina: un poco a lo soldado, pese a no haberlo sido nunca. A él, las guerras de Flandes y de Italia le pillan demasiado lejos, y es de los que dirían, en palabras de Lope:

Bien mirado, ¿qué me han hecho
los luteranos a mí?
Jesucristo los crió,
y puede, por varios modos,
si Él quiere, acabar con todos
mucho más fácil que yo.

El caso es que se viste con aires de mílite, cosa natural entre la gente de la hojarasca. Aunque al turco y al luterano no los conozca sino de los corrales de comedias, él y sus compadres suelen dárselas de veteranos de los tercios o de las galeras del rey. Y alguno lo es, en efecto; pero como bogavante en gurapas: como galeote. El caso es que el valentón se pone la camisa, que no es lo que en su jerga llama una cairelota, una camisa elegante, sino una lima sencilla, y no muy limpia (nuestro jaque ignora, por supuesto, que esta palabra, lima por camisa, como varias de su parla, seguirá utilizándose en el golfaray que hablarán los delincuentes del siglo XXI). Se pone luego los calzones, o alares, palabra que también ha llegado hasta la jerga rufianesca de nuestro tiempo. Enfunda luego las gambas en las cáscaras, o medias; y después se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar calcos, tal vez porque le suena (y así es, aunque no lo sabe) palabra más culta e hidalga (otra, por cierto que llegará también hasta nuestros días), y porque el acto de poner pies en polvorosa, propio de su oficio sobre todo cuando asoma gurullada de alguaciles y corchetes, suena más digno cuando se lo define con la palabra calcorrear. Pues los hombres de hígados como nuestro bravo no se van, sino que se alonan. No corren, sino calcorrean. Nunca huyen, sino que se trasponen, se alargan, redoblan, las afufan o se van al ángel. Sin olvidar la expresión más común en el ambiente: peñas y buen tiempo.
Completa nuestro bravo su indumento con unas grullas, o polainas. Después se pone el apretado, o jubón. Por su oficio debería cubrirse el torso con un coleto de ante o de cuero, o mejor con un jaco o cota de malla, también llamada once mil o cofradía; pero lo prohíben las premáticas del rey nuestro señor. De manera que se conforma con lo que él llama un cotón doble: un jubón forrado de estopilla, que a un arrojado de braveza siempre lo ayuda algo cuando granizan cuchilladas. Así vestido, el valentón mete en la sacocha de la goda (así llama al bolsillo de la derecha) la bolsa, o cigarra, cargada sólo con unos pocos charneles. Y en el puño del jubón, sobre la cerra lerda (la mano izquierda), introduce un mocante de lienzo fino, bordado por su marca, su hembra: una bachillera del abrocho que trabaja en una manfla (una mancebía) de la calle de la Comadre.
El tiempo no es malo; pero a la noche, refresca. Mejor capa que herreruelo. Descarta el bonito y recurre a la abuela, también llamada pelosa. Antes, por supuesto, nuestro rufo se ha ceñido el instrumento propio de su oficio: la espada, que él gusta llamar centella y a veces durindana: esto último porque, aunque apenas sabe escribir (y se le da una higa, porque en España nunca fue de hidalgos leer ni hacer buena letra), nuestro bravonel posee una cultura elemental, popular, procedente de los corrales de comedias y los romances oídos en los mentideros, en las tabernas y en las plazas; aunque su gusto tienda más al lenguaje de la jacaranda, que es su garla, y en la que se encuentra a sus anchas cuando oye eso de:

A la capa llama nube,
dice al sombrero tejado,
respeto llama a la espada,
que por ella es respetado.

O lo de:

Mató a su padre y su madre
y un hermanito el mayor;
dos hermanas que tenía
puso al oficio trotón.

Por aquello de que para ir artillado más vale que sobre y no que falte, completa nuestro bravo el equipo con una ganchosa vizcaína: una daga de ganchos lista para salir como un relámpago. Que, en el oficio de valentía, hombre precavido mata por dos, o por siete. Pues nuestro bravote, al menos de boquilla, es de aquellos a quienes hacía decir Calderón:

¿Y cuántos hombres son estos
que he de matar? Porque vaya,
con que si no son cincuenta,
con menos no hacemos nada.

Y como en materia de precauciones nunca hay nada superfluo, también coge lo que nosotros llamaríamos cuchillo, pero que él prefiere llamar desmallador, conocido también, en su ambiente, por los elocuentes nombres de filosillo, secreto, agujón, barahustador y enano. Luego nuestro rufián requiere el gavión o chapeo, el sombrero, que él llama tejado, y que es ancho, de mucha falda. Se lo arrisca a lo bravonel y sale a la calle con mucho ruido del hierro que carga encima y el andar arrufaldado y zambo (nosotros diríamos chulesco) de los valientes:

Rebosando valentía
entró Santurde el de Ocaña;
zaino viene de bigotes
y atraidorado de barba.
Un locutorio de monjas
es guarnición de la daga,
que en puribus trae al lado
con más hierro que Vizcaya.

Cruza la plaza, y su ojo avisado advierte los trajines de la vida que late alrededor. El sitio es de posadas: bullen buscavidas, ociosos y mendigos, también llamados capachas, con mutilaciones reales o fingidas que, de creerlos, estuvieron en Amberes, en Nieuport y hasta en Lepanto, y que piden limosna de la manera que suelen los mendigos españoles: con muchos fieros y palabras arrogantes, como si el sonante se les debiera por derecho, y la única forma de disculparse con ellos fuese decir: “perdóneme vuesamerced, pero hoy no llevo dineros”. Que en España, hasta los mendigos dicen aquello de:

Entre nobles no me encojo;
que, según dice la ley,
si es de buena sangre el rey
es de tan buena su piojo.

Más allá, a la puerta de una bayuca, entre las mesas con jarras de vino, un anciano de pelo blanco y aspecto hidalgo pide por la doncella (un timo tan frecuente en la época como todavía en nuestro tiempo el tocomocho) a la busca de un palomo al que sangrar la bolsa de dineros, o armas reales. También los peinabolsas de la cofradía del agarro hacen su vendimia. Son de ésos a los que don Francisco de Quevedo llama:

Murciélagos de la garra,
avechuchos de la sombra,
pasteles en recoger
por todo el reino la mosca.

Muchas del centenar largo de variantes que en germanía del XVII debe de tener la palabra ladrón (de puta habrá más de ochenta) se dan en la ciudad, en este cuartel y en esta plaza: bailes, caleteros, cicarazates, comadrejas, apóstoles, picadores (que perviven hoy en la palabra piqueros, o carteristas), lechuzas, alcatiferos, golleros, sanos de Castilla, farabustes, ciquiribailes, buzos, cherinoles, doctores del araño, murcios, filateros, águilas de flores llanas. Incluida, entre muchas otras, una que todavía se usa: juanero: ladrón especializado en aliviar de peso, hoy euros como antaño maravedises, los juanes, o juanillos: los cepillos de las iglesias.
Sigamos a nuestro valentón. Y por no salir de Quevedo, digamos que :

Con el fieltro hasta los ojos,
con el vino hasta la boca
y el tabaco hasta el galillo,
pardo albañal de la cholla,
columpiando la estatura
y meciendo la persona,
Zampayo entró, el de Jerez,
en casa Maripilonga.

Llega así el bravo hasta una taberna, la que más frecuenta porque tiene puerta trasera por donde guiñarse si a los vellerifes del Sepan Cuántos, o sea, los alguaciles y corchetes de la Justicia (también llamados alfileres de la gura), se les ocurre asomar por allí. Entra el rufo en la bayuca retorciéndose los bigotes, el aire peligroso, poniendo el baldeo en gavia, o sea, apoyando la mano en el pomo de la espada para que ésta le levante la capa por detrás, a lo bravo. Dándose además mucho toldo, porque nuestro hombre gusta, como todos sus camaradas de la carda (y como todos los españoles en general), de apellidarse hijodalgo, muy Mendoza y Guzmán y cristiano viejo por línea directa de los godos. Que en nuestro siglo XVII (y la cosa estuvo lejos de terminar ahí) hasta los sastres y los zapateros se colgaban espada y eran don Fulano y don Mengano. Asunto sobre el que, entre otros, ya ironizaba Lope de Vega:

Mándame quemar por puto
si no valiere un millón,
imponiendo en cada Don
una blanca de tributo.

Y que tampoco se resume mal en aquellos otros versos lopescos que no han perdido, por cierto, su vigor ni su sentido en cuatro siglos:

¡Oh, españoles fanfarrones,
todos voces y palabras!
Nidos sois de la soberbia,
allí le nacen las alas.

El caso es que entra nuestro matante como quien es, y se para a lo escarramán, las piernas muy abiertas y echada la cadera, mirando alrededor con ese aire entre receloso, fanfarrón y avisado que los de su oficio llaman a medio mogate. Saluda a la amontonada valentía que allí anda bebiendo, o sea, piando de la bufia, y la jábega le responde grave con mucho vuacé y uced y camarada, pronunciando las palabras a lo gayón, muy puestos en garla de jaque. Son de los que cantan:

Vino y valentía,
todo emborracha;
más me atengo a copas
que a las espadas.
Todo es de lo caro,
si riño o bebo,
con cirujanos,
o taberneros.

Se sienta nuestro rufo con otros dos matachines que, como él, viven a lo de Dios es Cristo y, a fe de tales, cargan sobre el hígado más hierro que las rejas de la cárcel de Sevilla, amén de capas fajadas por los lomos, jubonazos de estopa, chapeos con las faldillas altas por delante, bigotazos de ganchos y tatuajes en los dorsos de las manos de uñas tan negras como sus almas. Pide vino para él y aquí, los valentachos, y algo de muquir, que su estómago mocho tiene boque, es decir hambre. El vino se lo traen aguado: bautizado, o cristiano. Protesta el bravo con mucho pardiós y pesiatal, diciendo que esa afrenta no se viera ni entre luteranos. Al cabo traen otro vino, esta vez infiel como arráez de galera turca. La mufla, que llega al poco, consiste en un guiso de gallina, a la que el bravo se refiere como gomarra (aún se llama hoy a los robagallinas gomarreros) y una escudilla de quemantes crudos: de ajos. Embucia con apetito el recién llegado y sorben los tres como para quitarse las pesadumbres, limpiándose los bigotes entre tiento y tiento.
Mientras apiornan, o azumbran, los tres bravotes hablan de la vida y de sus cosas. Que si el perro inglés ronda otra vez Cádiz. Que si el turco baja o sube. Que la coima de Fulano tiene mal francés y le ha pegado las melacotufas a su engibacaire. Que a Zutano le trincharon los aparejos el otro día, por apitonarse con un rajabroqueles que le salió rápido de acero. Que a Mengano, por no sobornar a un alguacil (o sea, por no ensebarle la palma al mayoral de la güerca), le hicieron un jubón de pencas, de latigazos, y salió luego de ajo en la ristra de la chusma y camino del Puerto de Santa María, para muflirse, o comerse, tres años de gurapas (de galeras) cosido al remo, o palo de batanear sardinas. Y todo porque, como en aquella carta famosa del Escarramán a su daifa, la Méndez:

Remolón fue hecho cuenta
de la sarta de la mar,
porque desabrigó a cuatro
de noche en el Arenal.

Luego recuerdan con afecto a Perengano, que andaba escondido, o sea, a sombra de tejados desde que con otros camaradas le afufó el alma a un corchete: a un alano de la gura. Al pobre Perengano lo acerró por fin el árbol seco (la Justa, la Justicia) saliendo de la iglesia donde se había refugiado, o, dicho en valiente, llamado a altana. En el estaribel (palabra que sigue en uso en el golfaray del siglo XXI para designar la cárcel) le pusieron cuerdas y clavijas sin ser guitarra; pero el bravonel se comió tres ansias (es decir, tres tormentos de agua y cordel) como un grande de España, sin berrearse de los camaradas (ese berrear por delatar también sigue hoy en vigor); y allí sigue el león, embanastado pero en soniche. En silencio. Cosa muy de elogiar, por cierto. Que negar cuando se anda en tratos de cuerda es de godos, y para ejemplo, Grullo:

A Grullo dieron tormento,
y en el de verdad de soga,
dijo nones, que es defensa
en los potros y en las bodas.

Amén que tener quieta la sin hueso, aparte de ser punto de honra cuando entras en la casa fosca (la cárcel, otrosí llamada caponera, cesto de culpas, casa de poco pan y bolsón de la horca) es también saludable cuando después uno tiene que dar cuentas a los camaradas de lo que dijo y de lo que no dijo. Pues cuando se es fuelle, ventor o abanico (es decir, delator o soplón), cualquier bramo lo pagas con la gorja. Y puestos a decir algo, las mismas letras tiene un no que un sí.
Bien remojada la palabra, los tres escarramanes tratan de su oficio. Son malos tiempos, por vida del rey de copas. Como dice el baile:

Todo se lo muque el tiempo,
los años todo lo mascan.
Poco duran los valientes,
mucho el verdugo los gasta.

Eso, en cuanto al oficio y los camaradas. En cuanto a las yeguas que cada cual tiene en la dehesa, las cosas tampoco van muy bien. Sus hembras, se lamentan los rufos, apenas rinden resullo (dinero). Últimamente no trotan más que de baratillo, y el poco socorro que aportan con el trabajo de su broquel (o guzpátaro, para entendernos, aunque hay otros nombres; y permitan que me quede ahí), ese dinero se les va a ellos alijando la nao, o sea, gastándoselo con la desencuadernada (los naipes) o con los dados: los huesos de Juan Tarafe. Y del oficio de valentía, para qué hablar. Agua y lana. O sea, fatal. Uno de los jaques se queja de que ayer mismo un cartujo (un marido barbado, es decir, cornudo) pretendía una hurgonada (una estocada) al querido de su legítima por la fardía ledra de veinte míseros ducados. Una vergüenza, se lamenta otro compadre. A él le ofrecieron, explica, veinticinco ducados por trincharle las asas (las orejas, también llamadas mirlas) y treinta por calaverar (cortar la nariz) a un galán que ponía (observen hasta qué punto el golfaray del XVII trabajaba también lo culto) aljófar en alcatara ajena. Por vida de Roque, adónde vamos a parar, se lamentan los tres bravos. Ni entre turcos o herejes viérase tal desprecio por el oficio de valentía. Por ese argén, matiza uno, no hay hombre de bien que desenvaine la fisberta. Lo más que puede ajustarse por veinticinco granos es un chirlo en la cara; un tajo de diez puntos o, como mucho, un beneficio de doce, e incluso una cruzada de oreja a oreja: de aldaba a aldaba. Así se lo dije al bacalario, responde el primer rufo. El hijo de mi madre no trincha una calle del tabaco, o sea, una nariz, por menos de cuarenta cruzados. Se me apitonó el cliente muy Bernardo, echamos verbos y a punto estuve de desnudar la de Juanes y atarascarlo a él, dándole su ajo, pero gratis. Que, como dicen los valientes en los entremeses de Hurtado de Mendoza:

Eso déjolo yo para la zurda,
que con la diestra soy del mundo azote.

En fin. Son malos tiempos, se quejan de nuevo los compadres, besando el jarro. Mundo mundillo; nacer en Granada y morir en Trujillo. Parlan luego de tiempos gloriosos, cuando el Escarramán, y Gonzalo Xeniz, y Gayón el de la mojada (la cuchillada) famosa, y otros bravos respetados, que no cenaban liebre ni gallina, ni temblaron nunca sino de frío. Como, sin ir más lejos, Ginesillo el Lindo, que a primera vista daba astillazo porque parecía alcorza, tan rubio y blanco de piel, de los que cuentan (ahora diríamos de los que entienden), pero que en realidad era caimán probado, con tantos hígados como el que más; y que hizo cecina a un corchete, afufándole el alma porque éste lo llamó puto en público. Pues, como dice Calderón en otro entremés famoso:

Que soy muchísimo hombre
para andar escrito en burlas.

Comentan también el caso de Tomás Mojarra, un arrojado de braveza al que dieron de agudo desabrigándole el resuello con dos palmos de toledana: al verse descosido el cofre de los molletes (la barriga), hecho un eccehomo en un charco de colorada y sintiendo que se iba por la posta, pidió confesión y óleos; pero luego, cuando llegó el dómine con los avíos, viendo que había conocidos cerca, se lo pensó mejor y se negó a cantar en la última ansia, diciendo que no era de hidalgos derrotarle al cura lo que tantas veces había callado en el potro. Aunque, puestos a hablar de hombres crudos, no podía olvidarse a Nicasio Ganzúa, buen tajador, que despachó a su propio padre, y a dos que pasaban por allí, sólo porque el padre le dijo: “mientes por la barba”. Ganzúa era de esos de los que cuenta Cervantes:

Con una daga que le sirve de hoja,
y un broquel que pendiente trae al lado,
sale con lo que quiere o se le antoja.

Con Ganzúa, la noche antes de su ejecución en la plaza de San Francisco de Babilonia, Sevilla, ciudad que es Chipre de los valientes, los camaradas echaron tajada (que así se decía a acompañar al amigo que iba a ser ejecutado al día siguiente) confortándolo en el banasto (o trena, como aún decimos después de cuatro siglos) con mucho azumbre y guitarras. Y Ganzúa, como quien era, estuvo jugando a las cartas todo el rato con muchos argamandijos (o redaños) y con mucha flema, hasta el alba (seis granos juego, matantes tengo, voy con la puta de oros, alce vuacé por la mano, envido, malilla y demás lances de la baraja, o catecismo). Y además decía entre naipe y naipe que verse enjaulado no era injuria, pues enjaulados se tenía a los leones. Y en cuanto a la enfermedad de esparto de la que en la siguiente clarea (al día siguiente) iba a verse con la Cierta (la muerte, también llamada la Descarnada o la Chata), a él, a fin de cuentas, quien lo llevaba al finibusterre era la justicia real, o sea, el mismo rey; y a eso, dijo, nada tenía que objetar, pues entruchaba (entendía) que quien lo sacaba del mundo era el rey en persona, como quien dice, y no un calcirroto cualquiera. Que, en tal ilustre marrajo como él, fuera deshonra verse despachado por un don nadie, y que a otro no se lo hubiera consentido en absoluto. Y con ese talante subió al día siguiente al patíbulo, o sea, al cabo de Palos; y mientras le añudaban la calle del trago, aún tuvo alforjas para decirle al bederre (al verdugo) que hiciera su oficio bochándolo con presteza y decoro, porque él no era de los bravos de contaduría que blasonan del arnés y nunca lo visten, sino de los que dicen: tenga yo fama y háganme pedazos. Que en vida nadie se la hizo que no la pagase; de manera que, si no lo despachaba por la posta y como a un hidalgo, el día de la resurrección de la carne iban a verse las caras. Y entonces, voto al coime de las Clareas, o sea, a Dios y a quien lo engendró, daríale tierra hasta el ánima.
Tratan luego de un negocio en curso. Ya saben vuacedes, dice nuestro bravo, que en España no hay más Justicia que la que uno compra. Que, como decía Lope en La noche toledana:

El médico está mirando
cuándo el de a ocho le encajas;
el letrado, cuándo bajas
la mano al párrafo, dando;
el jüez, cuándo le toca
la parte del denunciado;
el procurador no ha dado
paso hasta que el plus le toca;
el que escribe, sólo atiende
cuándo sacas el doblón.
Cualquiera negociación
de sólo el dinero pende.

Y resulta, prosigue, que un amparo (es decir, un abogado) de la plaza de la Providencia, que defiende un pleito complicado y costoso de los llamados sanguijuelas, paga bien si a un testigo molesto le abren una buena boca de tarasca para impedir que declare ante el juez y el escribano (o, para entendernos, ante el Noli me tangere y el lima sorda). Así que una de estas noches, apunta el valentón, cuando todo esté oscuro a boca de sorna, tendremos danza de blancas, con la ventaja casual de que somos tres a uno (que hasta para acuchillar a un manco hay que precaverse), y de que al mayoral de alacranes, el alguacil que estos días vigila este cuartel, se le ha ensebado la palma y no hemos de temer que nos inquiete la Justicia. Pero si algo sale torcido, a ledras, y durante el negocio asoma la zarza (la ronda), cerca tenemos la altana de San Andrés, para trasponernos y amadrigarse en sagrado, hasta que escampe.
Se levanta nuestro jayán y hace tintinear un Juan Platero sobre la mesa: un real de a ocho, también llamado Juan Redondo. Pero los dos amigos le dicen que se guarde el cumquibus, que hoy pechardinan de manga. O sea, que pagan tomando la penchicarda. Dicho y hecho. Alzan la voz los tres y echan verbos como si discutieran, en tono propio de aquella jácara quevedesca:

¿Tú te apitonas conmigo?
¿Hiédete el alma, pobrete?
Salgamos a berrear,
veremos a quién le hiede.

Y en efecto, los tres hampones salen afuera muy atropellados y sin pagar, como dispuestos a reñir acuchillándose las asaduras; y una vez en la calle se despiden y se van cada uno por su lado. Que, como dice el refrán, hombre apercibido, medio combatido.
Una vez solo, camina el bravo por la calle como si fuera suya, contoneando el navío (el cuerpo), el aire feroz, una mano en el pomo de la temeraria y la otra retorciéndose los bigotes. Busca a su coima, que anda en corso tres esquinas más allá. En este punto conviene recordar que la hembra de nuestro bravo es murciélago de moneda, de ésas que saben de coro la cartilla del buscar:

Piensa que somos de aquellas
que infaman este lugar,
que salen a negociar
con la luz de las estrellas.
Que salen, aventureras,
a esta Vega y al Cambrón
a dar público pregón
de sus hermosuras fieras.

Y exactamente así encuentra nuestro bravo a su marca: en tratos con un cliente a la puerta de la manflota, la mancebía (también llamada aduana porque nadie pasa adentro que no pague), y decide quedarse por allí, esperando que el palomo se decida a alojar el caballo en el broquel de la hurgamandera y alcabale los nipos, o dineros. Porque no será nuestro bravote quien impida a su pencuria ganarse la vida, y de paso la de él.
Sin embargo, el cliente no se decide a abrochar. Quizá le parecen caricios los dineros que pide la rabiza por que le troten el anca. El caso es que nuestro rufián se impacienta; de manera que se acerca, arroldanado y bravoso, añusgando (mirando furioso) al mandria muy fijo y muy zaino, con las piernas abiertas al caminar, andando a lo columpio sin apartar la cerra, la mano, de la amenazadora bayosa que carga al costado. El otro parece hombre de paz y poco amigo de reñir. Así que, temiéndose un araño, se acatalina y bate talones tomando calzas de Villadiego. O, dicho de otro modo, peñas de longares. Murmurando tal vez entre dientes aquello que decía Juan Rana:

-¿Y /el /atajo /que os dije?
-En mi trabajo,
no salir a reñir es el atajo.

O, filosofando, con versos rufianescos cervantinos:

Muerte y vida me dan pena;
no sé qué remedio escoja,
que si la vida me enoja,
tampoco la muerte es buena.

El caso es que allí queda nuestro rufo dueño del campo, y le dice a su gananciosa que palme el cairo de la jornada, que tiene necesidad de socorro. Le entrega la otra el rescate, que no es mucho, lamentándose de la poca paja que últimamente mete en el establo; pero es que, señala en su descargo, estos días está con la camisa, o sea, con la costumbre.

Dices que te contribuya,
y es mi desventura tal,
que si no te doy consejos,
yo no tengo qué te dar.

Pese a las excusas, al engibador le parece poco dinero; se arrufa, y para demostrarlo hace ademán de asentarle la mano. Déjate de tretas y alicantinas, dice, y no le hagas cagar el bazo a este león. Que ya me conoces: hay cosas que no sufro ni en Argel, y cuando se me alborota el bodegón igual atrueno a dos que a doscientos, y soy capaz, pardiez a caballo, de borrajarte el mundo, o sea, cruzarte con un signum crucis, un tajo, esa bonita cara. Así que alonga luengo y gánate tu jornal y el mío. Todo eso se lo dice con la mano levantada, como si fuera a jugar de abejón sacudiéndole el balandrán a la pecatriz, que se amilana y llora (acebolla los columbres) vertiendo abundante clariosa de los lagrimales porque teme una turronada. Pero el jaque amaga y no da. Pese a sus fieros, en el fondo le tiene ley a su cisne. Cuando se pone tierno, cosa que ocurre sólo muy de vez en cuando, le recita junto al asiento de las arracadas, u orejas, aquella vieja jácara:

¡Ay coima la más godeña
de toda la germanía,
reina de todas las coimas
y flor de todas las izas!

La iza es, con perdón, más puta que la Caba Rumía; pero eso sí: cumplidora, limpia, ambladora y muy buena (muy godeña) en el oficio trotón. No como esas calloncos y grofas de todo trance a las que, por decirlo en germán culto, o casi, les aceitan de almendras el alhorce por cuatro maravedís. No. La de nuestro bravo es doctora del arte aviesa; y de tan buen aspecto, en opinión de su hombre, que podría pasar por tusona de categoría, de las que frecuentan condes y marqueses. Y tan dispuesta a lo suyo, además, que de quedarse preñada (cosa que evita una vieja cobertera de la vecindad), podría decirse lo del romance aquel de don Francisco de Quevedo:

Fuimos sobre vos, señora,
al engendrar el nacido,
más gente que sobre Roma
con Borbón por Carlos Quinto.

El caso es que, que, asentada su autoridad, el jaque se guarda la pecunia, le palmea el buz (o retaguardia) a la daifa y la deja seguir ruando, no sin que antes ésta lo llame cherinol de mi corazón, flor de la altana, cosario de mis columbres, abrigo de mis criojas y (en plan más íntimo) ballestazo de mi broquel, califique su boca de arcaduz de mi dicha, y sus ojos de quemantes de mis asaduras. Que, en la España del siglo de Oro, las bachilleras del abrocho no necesitan leer a don Luis de Góngora para enjaezarles las escarpias, o sea, halagarles las orejas, a los gallos (a los caporales) de sus entretelas.

Que, por Dios, así me goce,
que le vi reñir con doce.

Se encamina nuestro bravo a la casa de conversación, es decir al garito, no sin hacer antes viacrucis por las tabernas, o sea, por las alegrías y consolatorias que le pillan de camino, haciendo suyo aquel higiénico y casi filosófico principio de la jácara Las postrimerías de un rufián:

¿Cuándo se vio que muriese
hombre que sin asco sorba?

Seguro de eso, el bravonel escurre el barro, o el estaño, que en todo puede ir el vino, con algunos conocidos piadores que por allí pastan, haciendo la razón, o brindis, o dominus vobiscum. Y al fin, bien remojada la palabra, lo vemos llegar a la casa de tablaje, y:

Entrar de capa caída,
como los valientes andan,
azumbrada la cabeza
y bebida la palabra.

El garito, todo hay que decirlo, no es coima de minoribus, o de poquito, sino coima de maioribus donde se juega a lo grande, y lo mismo ruedan brechas, o dados (también llamados albaneses, hormigas, astas, peste o cuadros), que se ara con bueyes; nombre éste que los germanes dan al libro real: la baraja, también llamada desencuadernada, o catecismo. En el garito se juegan lo mismo quínolas, polla y cientos, que son juegos de sangría lenta, donde un palomo sangra el argento poco a poco, que el siete, el reparólo y otros juegos de los llamados de estocada, por la rapidez con que te dejan sin dinero, sin habla y sin aliento. La comparación no es ociosa, pues ya lo dijo Lope:

Como el sacar los aceros
con quien tuviere ocasión,
así el jugar es razón
con quien trajere dineros.

Sólo que en este lugar, para evitar males mayores, las armas se dejan al portero, pues en gente poco sufrida como la española, y más si es del hampa, los dimes y diretes suelen terminar a cuchilladas. Así, dejando chapeo y capa, y aliviado de hierro, pasea el valentón entre rumor de conversaciones, tahúres, jugadores y mirones que dan coba a los que ganan, en busca de propina, o barato. En las mesas, alrededor de las cartas y de los dados que ruedan, se oyen suspiros, jaculatorias y pardieces. Sobre todo esto último: juramentos de los que alijan el navío. O sea, los que palman; o más bien de aquellos a quienes, en versos lopescos, despalman:

Veinte escudos que tenía
de mi amo le he jugado
con un fullero taimado,
pensando que no sabía.
Por la compuesta le alcé,
y tanto del juego ignoro,
que, de veinte escudos de oro,
con uno me levanté.

En ese ambiente de tipos gariteros (sages, vivandores, coimeros, templones, cercenadores, caballos, astilleros y dancaires), nuestro bravo encuentra a algunos conocidos prestamistas del garito, llamados tomajones, que lo abrazan. Y responde con tiento, recordando que en lugares como ése, españoles todos a fin de cuentas:

Cuando te abracen, advierte
que segadores semejan:
con una mano te abrazan,
con otra te desjarretan.

Se juega nuestro bravo el cumquibus de su daifa, evitando las mesas donde fulleros y doctores de la valenciana expertos en ahuecar el as, el rey, el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras. Llevan éstas los naipes (los bueyes) preparados y llenos de trampas, o flores, que son tan infinitas como el ingenio (berrugueta, ballestón, tira, cristalina, alademosca, panderete) y que parecen directamente salidas del popular romance de Perotudo:

Diez huebras lleva de bueyes;
cada cual es con su flor,
con la raspa y cortadillo,
tira, panda y ballestón.

Prueba primero nuestro bravote con los dados, a los que él llama brechas. Ruedan en su contra, así que piensa que están cargados o tal vez amolados: Mira mal al brechador, y decide cambiar de aires antes de que lo dejen en cordobán. Se va a una de las mesas de cartas donde se aran quínolas, y cuaja conversación, que así se dice a empezar a jugar. Pero hace agua, o sea, pierde más que gana, y termina jurando a los doctrinales. O, dicho de otro modo, echa mantas y no de lana, renegando del papo de Adán y del broquel de Eva. No se fía del tahúr que lo despluma, y lo observa con mucho cuidado intentando descornarle la flor, o adivinarle la trampa, atento a si hace amarre (que es truco para que salga cierto naipe), o salvatierra reteniendo el siete de matantes, de espadas, que en germanía se conoce como setenil, ronda o cueva del becerro. Carta esa, o buey, que a nuestro bravo le permitiría cambiar su suerte. Pero no lo consigue. Sigue perdiendo, y añusga de mala manera al fullero, que con mucha desvergüenza le sostiene la mirada. Sin duda el otro es brujulero fino, de esos de los que puede decirse:

¡Vive Dios, que no hay mayor
bellaco desde aquí a Roma!
¡Qué bien unos naipes toma,
qué bien sabe cualquier flor!

Viendo su dinero más perdido que el alma de Judas, se enfada nuestro bravote, más por no poder probar la flor que porque se la hagan. Aunque empieza a olerse que se la fragua un doble del fullero, que a su espalda, dándoselas de curioso, puede estarle haciendo el espejo de Claramonte, pasándole al otro señas de los palos vacíos (el cinco de bastos), la calle del puerto (el seis de copas) y la puta de copas (la sota) que nuestro bravo tiene en las manos. Al fin se vuelve el rufo a decirle al apuntador que se quite de ahí. Echan verbos y mentís por la gola, y al cabo hace nuestro león ademán de meter mano a la temeraria que no lleva, porque se la dejó al portero. Dicen de salir a reñir afuera. Tercian los conocidos y también el dueño del garito, pidiendo que no se alborote el aula; y al fin, nuestro bravo observa que el fullero y su contrayente (hoy todavía se usa la palabra consorte para cómplice) no están solos, sino que tienen cerca una camada de cuatro o cinco campeadores de garulla, o padrinos, por si las cosas se complican y hay que darle a alguien en la calle un catorce, o un antuvión de esos que llaman conclusión o mojada de cien reales. El caso es que, como las reglas de los que profesan de braveza dicen valientes pero no tontos (crudos pero no badajos), nuestro Roldán decide que peñas y buen tiempo. De manera que se va hacia la puerta como si tuviera algo importante que hacer, tocándose el cinto cual si lamentara no ir rebozado de hierro hasta las cejas. Y allí, muy arrojado de chanfaina, se vuelve a medias y le dice al mozo de la puerta: “Cuerpo de Mahoma, juro a dix y vive Dux, juro por mis dos y por mis cuatro que si no tuviera un asunto urgente, voto al cinto, desataba la sierpe y le contaba los botones con mi temeraria a más de un bellaco. Por vida del rey de espadas (que de España iba a decir) que no hay bastantes hombres aquí para quien, como yo, ha reñido cien veces y matado a quinientos, y eso en ayunas. A fe de quien soy, y no digo más. Y quien dijese lo contrario, miente.”

...Y luego, encontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Book of days - Enya

Book of days - Enya

Durante cuatro años las notas de la versión gaélica de esta pieza anunciaban sesenta minutos de inmersión en la literatura, la historia, el cine..., todo alrededor de un tema diferente cada semana. Era la sintonía del programa de radio Fills d'Homer. Aún ahora, cuando la oigo, siento la misma sensación que me embargaba entonces.

One day, one night, one moment,
my dreams could be, tomorrow.
One step, one fall, one falter,
east or west, over earth or by ocean.
One way to be my journey,
this way could be my Book of Days.
Ó lá go lá, mo thuras,
an bealach fada romham.
Ó oíche go hoíche, mo thuras,
na scéalta nach mbeidh a choích.

No day, no night, no moment,
can hold me back from trying.
I'll flag, I'll fall, I'll falter,
I'll find my day may be, Far and Away.
Far and Away.
One day, one night, one moment,
with a dream to believe in.
One step, one fall, one falter,
and a new earth across a wide ocean.
This way became my journey,
this day ends together, Far and Away.
This day ends together, Far and Away.
Far and Away.

Tu recuerdo se enreda a mi alrededor - Gioconda Belli

Tu recuerdo se enreda a mi alrededor - Gioconda Belli

Recordar y escribir, escribir, escribir. Escribir cartas; cartas de amor, de amistad, de añoranza... ¿Qué mejor forma de pasar una tarde de domingo?

Tu recuerdo se enreda a mi alrededor como una manta cobijándome del frío, brilla con mi cuerpo en el silencio mojado de esta tarde en la que te escribo en la que no puedo hacer nada más que pensarte y decir tu nombre en secreto, para dentro de mi boca, envolviéndolo en el recinto de mis dientes, mordiéndolo hasta gastarle las letras, hasta gastar tanto nombre tuyo que me ha ido acompañando, para volver a revivirlo, arrullándome yo misma con tu voz y tus ojos, meciéndome en ese tiempo sin horas en que te quiero, en que amo cada minuto que ha quedado impreso en mi memoria para siempre.

Ítaca - Kavafis

Ítaca - Kavafis

Emprendamos el camino hacia Ítaca de la mano de Kavafis, una Ítaca entendida como metáfora de la vida y, por extensión, de todo lo que le da forma.

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de descubrimientos.
A Lestrigones, Cíclopes,
al colérico Poseidón -no temas:
nunca hallarás tales seres en tu camino,
nunca mientras altos sean tus pensamientos,
mientras una extraña emoción
estimule tu alma y tu cuerpo.
A Lestrigones, Cíclopes,
al fiero Poseidón, nunca encontrarás
a menos que en tu alma los lleves dentro,
a menos que tu alma los ponga ante ti.

Ruega que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano en que,
con gran placer y alegría,
entres en puertos desconocidos;
podrías detenerte en los mercados de fenicia
y comprar hermosas cosas,
coral y nácar, ámbar y ébano,
toda clase de perfumes sensuales...
adquiere tantos como puedas:
podrías visitar muchas ciudades egipcias
y no dejar de aprender de sus sabios.
Que siempre Ítaca esté en tu pensamiento.

Llegar ahí es tu destino.
Pero nunca apresures el viaje.
Es preferible que dure años,
que seas viejo cuando alcances la isla,
rico con todo lo que habrás ganado en el camino,
sin esperar que sea Ítaca la que te haga rico.
Ítaca te dio un maravilloso viaje.
Sin ella no habrías partido.
Pero ya no tiene más que darte.

Y si la encuentras pobre, no creas que Ítaca te ha engañado.
Sabio como te has hecho, tan pleno de experiencia,
habrás entendido lo que significan las Ítacas.

La figura

La figura

El día de Santa Lucía era para ella el inicio de la Navidad. Cada año su abuela la llevaba a ver los tenderetes con figuritas para el pesebre, y cada año escogía una. La elección no era nada fácil; primero recorría todas las paradas con detenimiento hasta que daba con aquella imagen singular que le llamaba la atención.
Después de haber recorrido la feria un par de veces, aún no había encontrado la figurita y ya estaba a punto de desistir cuando se fijó en un ángel que estaban a punto de tirar porque tenía una ala rota.
-¡No! –gritó la niña al vendedor—. No lo tire. Me lo quedo. Envuélvamelo, por favor. Es para regalar.
-¿Para regalar? Se asombró su abuela. ¿Vas a regalar un ángel roto?
-Sí -dijo la niña segura de sí—. Es para alguien especial.
Lo guardó con cuidado en el bolsillo de su abrigo y se marcharon para casa.

Todavía no era de noche y la niña pidió si podía ir un rato a la playa. Se podía pasar horas contemplando el mar, absorta, sin hacer nada más. Esa era su mayor diversión desde que era muy pequeña, pero se había convertido casi en obsesión desde que Lena, su mejor amiga, se marchó a vivir a otro país. Le encantaba otear el horizonte intentando descubrir hacia donde se dirigían los barcos que veía navegar a lo lejos; quizá se dirigiesen al país de Lena.
Hacía unos días que alguien había aparecido en su vida por azar, una tediosa tarde de invierno, cuando la soledad que sentía le oprimía el corazón con fuerza.
-¿Qué haces sola en la playa? –Escuchó que le preguntaba una voz femenina que parecía un canto.
-Nada. Miro el mar –contestó.
La niña notó que se sentaba a su lado y se giró a mirarla. Era una mujer mayor pero aún conservaba buena parte de la belleza que poseyó en su juventud. Tenía el pelo completamente blanco y brillante y sus ojos eran glaucos como el mar.
-¿Sabes que el mar nos habla? –comentó la mujer.
-¿El mar habla? No, no lo sabía. Yo sí que le hablo y le cuento lo que me pasa, pero nunca pensé que él pudiese contestarme.
-Pues sí que lo hace –respondió la mujer-. Fíjate bien y verás como cada ola contiene un mensaje diferente. Concéntrate y lo escucharás.
La niña hizo caso a la mujer, pero no oyó nada.
-A ver, ¿ves esta ola que acaba de morir a mis pies?
-Sí -dijo la niña
-Esta ola me ha dicho que te gustaría que las Navidades no llegasen nunca.
-¡Es verdad! –exclamó sorprendida la niña.
-Y, ¿por qué? –preguntó la mujer.
-Porque me siento triste y son días en los que uno debe estar alegre, reír por todo, ser feliz... Y yo sólo tengo ganas de llorar. Sólo me siento bien aquí, mirando el mar.
-El mar te calma... Bien, eso está bien. Y además significa que eres alguien especial.
-¿Especial? ¿Qué significa eso? –inquirió la niña.
No todas las personas sienten su llamada, sólo ocurre con la gente que tiene una sensibilidad determinada para ello; pero aún eres muy pequeña para entenderlo -la mujer se quedó un rato callada, contemplando fijamente las olas—. Yo viví en el mar. Hace mucho tiempo de eso, y cada año, por Navidad, volvía a tierra para encontrarme con los míos. Era realmente hermoso –le contó sin apartar la vista del agua y con la mirada llena de nostalgia-. Tengo que irme, pequeña. Espero volver a verte. ¡Ah! Y no te olvides de mirar el buzón cuando llegues a casa.
Más por curiosidad que otra cosa, la niña abrió el buzón. Y allí estaba la felicitación de Navidad de Lena. Le contaba que vendría con sus padres a pasar las fiestas y que esperaba verla muy pronto.
La alegría de la niña fue mayúscula, pero una serie de preguntas la asaltaron: ¿De dónde había salido aquella mujer? ¿Por qué sabía que había una carta de Lena en el buzón? ¿Por qué le había dicho que era especial? ¿Por qué oía como el mar le hablaba? ¿Qué hacía mientras vivía en el mar? Había tantas preguntas que hacerle...
Al día la siguiente la mujer no apareció; ni al siguiente, ni al otro... Parecía que hubiese desaparecido de la faz de la tierra. Pero el día de Santa Lucía estaba allí, esperándola.
-Te he traído un regalo –dijo la niña nada más verla mientras le tendía la figurita.
-¿De verdad? –contestó la mujer-. Muchas gracias. Yo también te he traído uno.
-¿Sí? ¡A ver! -exclamó la niña.
La mujer le tendió un pequeño paquete que la niña abrió con rapidez.
Su asombro fue enorme al comprobar que en su interior se encontraba una figura idéntica a la que ella había comprado, con la misma ala rota e idéntica expresión.
-¡Pero si es como el que te he regalado yo!
-No -dijo la mujer abriendo el paquete que le había dado la niña-. El mío no está roto.
-¡No puede ser! ¡Esto es increíble! Pero si...
-Tranquila, cielo. No todo tiene porqué tener una explicación racional. A veces nuestros deseos y sentimientos son mucho más fuertes que la razón.
-¿Quién eres? –preguntó la niña mirándola a los ojos y algo asustada.
-Soy Glauka, tu ángel de la guarda.
-Pero si los ángeles no existen. Eso son cuentos para niños pequeños.
-No tienes porqué creerme si no quieres. Sólo quiero que sepas que estoy aquí, a tu lado, nada más. Aunque, voy a pedirte que hagas una cosa: pon el ángel que te he regalado en el pesebre. Donde quieras, pero ponlo.
La niña asintió. La mujer se levantó y comenzó a caminar hacia el mar hasta que se zambulló en el agua y desapareció.

Esa misma noche, y como era tradición en su casa, montó el belén y adornó el árbol que decoraba el salón. En un principio dudó si ponía o no la figurita, pero era una persona de palabra y decidió colocarla sobre la cueva del nacimiento. Ahora sólo le quedaba escribir la carta a los Reyes Magos. Ya hacía años que sabía que los Reyes eran los padres, pero a pesar de ello, siempre escribía una carta con aquello intangible que deseaba para las personas que quería y para ella misma, con la ilusión de ver cumplidos sus sueños.

Las clases acabaron a la semana siguiente y Lena volvió. Tenían tanto que contarse...
Lo primero que hizo Lena al volver fue ir a casa de su amiga, siempre había participado de la creación del belén y ese año no quería ser menos. Además, tenía una sorpresa que darle. Alguien con el pelo muy blanco y los ojos glaucos le había regalado una figurita que sabía que le encantaría a su amiga. Pero la sorpresa se la llevó ella al comprobar que una figura idéntica estaba sobre la cueva del nacimiento: un ángel con una ala rota. Sin que su amiga lo viese, Lena cambió el ángel del pesebre por el suyo. Porque aunque ella no lo viese, Lena sabía que, de esa manera, le había dado el regalo que tenía preparado para su amiga.

Las vacaciones pasaban muy rápido y las celebraciones se sucedían: Nochebuena, Navidad, San Esteban, Nochevieja, Año Nuevo, y, finalmente, Reyes.
La Noche de Reyes las dos amigas fueron a ver la cabalgata. Era una tradición que seguían desde que eran muy niñas y cuando pasaba su Rey favorito, cerraban los ojos, se concentraban y pedían sus regalos mentalmente.
La niña sabía que su regalo era imposible de lograr, pero aún así, lo pidió con toda la fe de la que fue capaz. Quería que Lena no se volviera a marchar.
A la mañana siguiente el salón de su casa amaneció lleno de regalos para toda la familia. Era bonito ver las caras de sorpresa de todos al abrir los paquetes.
Después de abrir los regalos, la niña fue hacia el pesebre para acercar los Reyes Magos a la cueva del nacimiento, y se quedó petrificada al ver que el ángel ya no tenía la ala rota y su cara era idéntica a la de la mujer de la playa.
“Soy Glauka, tu ángel de la guarda”, recordó que le había dicho.
El sonido del teléfono la sacó de su ensimismamiento. Lena se encontraba al otro lado de la línea. Ya no volvería a marcharse. Se quedaba a vivir allí.