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El rincón de Irenia

Ellos tienen razón - Mario Benedetti

Ellos tienen razón - Mario Benedetti

La soledad esa fiel amiga que nunca nos abandona.

Ellos tienen razón
Esa felicidad
Al menos con mayúscula
No existe
Ah, pero si existiera con minúscula
Sería semejante a nuestra breve
Presoledad
Después de la alegría la presoledad
Después de la plenitud viene la soledad
Después del amor viene la soledad.

Ya sé que es una pobre deformación
Pero lo cierto es que en ese durable minuto
Uno se siente solo en el mundo.

Sin asideros
Sin pretextos
Sin abrazos
Sin rencores
Sin las cosas que unen o separan.

Y en esa sola manera de estar solo
Ni siquiera uno se apiada de uno mismo
Los datos objetivos son como sigue.

Hay diez centímetros de silencio
Entre manos y mis manos
Una frontera de palabras no dichas
Entre tus labios y mis labios
Y algo que brilla así de triste
Entre tus ojos y mis ojos
Claro que la soledad no viene sola

Si se mira sobre el hombro mustio
De nuestras soledades
Se verá un largo y compacto imposible
Un sencillo respeto por terceros y cuartos
Ese percance de ser buena gente.

Después de la alegría
Después de la plenitud
Después del amor
Viene la soledad.

Conforme
Pero
Qué vendrá después
De la soledad

A veces no me siento
Tan solo.

Si imagino
Mejor dicho si sé
Que más allá del mi soledad
Y de la tuya
Otra vez estás vos
Aunque preguntándome a solas
Qué vendrá después
De la soledad.

Instrucciones para llorar - Julio Cortázar

Instrucciones para llorar - Julio Cortázar

Hay momentos en los que uno necesita, por uno u otro motivo, llorar. Para ello, se recurren a canciones, películas, poemas, fragmentos de libros o recuerdos determinados. Julio Cortázar en su libro Historias de Cronopios y famas escribió unas sencillas instrucciones para llorar.

Seguro que después de seguirlas el alma se alivia.

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.

Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Noche de Reyes

Noche de Reyes

Nostalgia. Nostalgia es lo que siento en estos momentos. Nostalgia por los que ya no están, nostalgia por la niña que fui...

En estos días he mirado atrás una y otra vez recordando Navidades de antaño, recordando a los que se fueron para no volver pero que siguen estando en un gran rinconcito de mi corazón, y en esta noche llena de magia e ilusión aún más, porque ellos, junto con los que aún están, hicieron que cada cinco de enero fuera especial.

Todavía me puedo ver a mí misma escribiendo la carta al rey Baltasar con la ilusión depositada en cada palabra. Luego, la noche de Reyes, iba a ver la cabalgata y después de cenar y dejar agua para los camellos, me acostaba más temprano que nunca y esperaba a que llegasen, durmiendo, por supuesto.

La mañana del seis de enero era especial. Me levantaba justo cuando amanecía y ver el comedor lleno de regalos y sobre todo el cubo de agua para los camellos vacío, me encantaba y año tras año renovaba mi fe en esos tres seres mágicos.

Las cartas a los Reyes fueron cambiando conforme fui creciendo hasta que un día dejé de escribirles, y descubrí que se pueden tener noches de Reyes cada vez que alguien especial entra en tu vida, que recibes una noticia de alguien que hace tiempo a quien perdiste la pista, cada vez que se cumple un deseo que sólo tú conocías...; en definitiva, cada vez que una ilusión se cumple.

Pero el hechizo de esta noche me tiene atrapada. Esta es la noche más mágica del año, la noche en que las esperanzas pueden cumplirse y, quizá por eso, cada cinco de enero, recito mentalmente mi carta al los Reyes pidiéndoles aquello que sé que sólo podré conseguir con su ayuda y un poco de fe.

¡Feliz día de Reyes!

El perro del hortelano

El perro del hortelano

Diana, la condesa de Belfor, es una joven atractiva, imaginativa y perspicaz. Dos hombres pretenden su mano: su primo el conde Federico y el marqués Ricardo. Pero ella no quiere ni a uno ni a otro. Parece una mujer fría e insensible, negada para el amor. Hasta que descubre que Teodoro, su secretario, está prometido con Marcela, una de las damas a su servicio. A partir de entonces a Diana le muerde la envidia y los celos. Así desarrolla la ambición de Teodoro al verse objeto de deseo de la condesa, que ella enciende y frustra cíclicamente. De ahí que el mismo Teodoro diga: «Cuando ve que me enfrío se abrasa de vivo fuego y cuando ve que me abraso se hiela de puro hielo. Mas viénele bien el cuento del perro del hortelano: no quiere abrasada en celos que me case con Marcela y en viendo que no la quiero vuelve a quitarme el juicio y despertarme si duermo».

La comedia El perro del hortelano fue llevada al cine por Pilar Miró. Emma Suárez dio vida a Diana, la condesa de Belflor, Carmelo Gómez a Teodoro, y Ana Duato a Marcela, el trío amoroso protagonista de esta peculiar obra de Lope de Vega.

Obtuvo siete premios Goya, entre ellos el de mejor actriz protagonista y el de mejor película.

Comedia entretenida, inteligente, divertida, con una fotografía y una banda sonora exquisitas, por la que parece que no hayan pasado casi 400 años.

El teatro del Barroco


Durante el siglo XVII existió una íntima relación entre literatura y sociedad, que tenía una doble procedencia: el hecho que las masas comenzaran a hacerse notar e impusieran su cultura popular, y la necesidad que tenía la monarquía absoluta de controlar la cultura.

La teatralidad y la fiesta se impusieron en todos los órdenes de la vida y el hombre y la mujer del Barroco se evadían de su vida cotidiana con el teatro.

El éxito del teatro se debe, también, al hecho que se representaban en un lugar fijo.

En un principio las obras, denominadas comedias, se representaban en los corrales, que eran los patios posteriores de las casas. En seguida se estableció una reglamentación (contratos, policías, arrendamientos...) que convirtió el espectáculo teatral en un acontecimiento público, cultural y económico. Los corrales más famosos fueron el de la Cruz y el del Príncipe en Madrid, el de Olivera en Valencia, y los del Coliseo y Montería en Sevilla.

A los corrales acudía todo tipo de gente, el rey incluido. Aunque se ocupaban diferentes lugares según el rango y el dinero de cada uno.

De los iniciales corrales se pasó, en el último tercio del siglo xvi, a construcciones realizadas expresamente para este fin. En Madrid, por ejemplo, se erigieron el Teatro de la Cruz o el Teatro del Príncipe. Sin embargo los teatros fijos no surgieron como un medio de hacer negocio, aunque luego se transformasen en tal, sino como un medio de recaudar dinero para obras de caridad.

Ir al teatro era ir a una fiesta. La representación comenzaba a las tres o a las cuatro de la tarde y duraba unas dos horas y media. Desde el principio de la representación el escenario permanecía ocupado, incluso en los descansos, en los que se escenificaban piezas cortas.

Era tal el entusiasmo por el teatro, que era necesaria una constante renovación de las carteleras. Los estrenos se anunciaban con carteles pintados a mano repartidos por las esquinas, o bien con pregones “a gritos”por las calles de las ciudades. Pero las obras, incluso las de más éxito, no estaban más de quince días seguidos en cartel.

El gran autor del teatro barroco español, es, sin duda, Lope de Vega. No sólo cultivó todos los géneros literarios, sino que, por encima de todo, puede decirse que inventó el teatro como fenómeno literario y social. Recogió la tradición en la que se unían la herencia medieval y los intentos renovadores de los renacentistas y les añadió su experiencia personal con el mundo del teatro: tenía amigos comediantes, asistía a las representaciones estudiando las reacciones del público y procuró escribir sus obras atendiéndose a los gustos del público. Recogió su teoría sobre el teatro en el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. Llegó a crear 1500 obras, algunas compuestas en una sola noche, de las que sólo se conservan unas 400.

Las uvas de la suerte

Las uvas de la suerte

La tradición de tomar 12 uvas en Nochevieja se remonta, probablemente, al año 1909 en el que hubo un excedente de cosecha. Los agricultores, para dar salida a su producto, tomaron la iniciativa de tomar las “uvas de la suerte” para recibir al nuevo año, costumbre que se extendió hasta convertirse en lo popular que es hoy.

Sin embargo la costumbre de celebrar el cambio de año comiendo algo se remonta al Imperio Romano y al culto relacionado con el dios Janus. Janus era una deidad bifronte: una de las caras era joven y la opuesta era la de un aciano. El ritual consistía en ofrecer miel, dátiles e higo, alimentos dulces para que el inicio del año también lo fuese y permitiese olvidar experiencias amargas que hubieran podido acontecer durante el anterior año.

Esta costumbre romana fue arraigando en Europa, donde con la misma finalidad comenzaron a ofrecerse lentejas, de las que se dice que propician la prosperidad económica. En Italia, por ejemplo, es la costumbre más arraigada.

En la Edad Media la Iglesia trató de oponerse a las viejas costumbres, pero no consiguió eliminar la raíz pagana de la noche de San Silvestre, la única de las doce noches que conforman las fiestas navideñas. La Iglesia consideraba que el periodo que comprende la Navidad y la Epifanía era un periodo de renovación para mejorar el año venidero.

La celebración de la Nochevieja como la conocemos ahora es un invento de principios del siglo XX.

Un año más - Mecano

Un año más - Mecano

Una de las canciones más optimistas que conozco; ideal para dar entrada a un año nuevo. ¡Feliz 2004!

En la puerta del sol
Como el año que fue
Otra vez el champagne y la uvas
Y el alquitrán, de alfombra están

Los petardos que borran sonidos de ayer
Y alcaloran el ánimo
Para aceptar que ya pasó uno más

Y en el reloj de antaño
Como de año en año
Cinco minutos más para la cuenta atrás

Hacemos el balance de lo bueno y malo
Cinco minutos antes de la cuenta atrás

Marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes
Y alguno que otro cura despistao
Entre gritos y pitos los españolitos
Enormes, bajitos hacemos por una vez algo a la vez

Y en el reloj de antaño
Como de año en año
Cinco minutos más para la cuenta atrás

Hacemos el balance de lo bueno y malo
Cinco minutos antes de la cuenta atrás

Y aunque para las uvas hay algunos nuevos
A los que ya no están echaremos de menos
Y a ver si espabilamos los que estamos vivos
Y en el año que vienne nos reimos

1, 2, 3 y 4 y empieza otra vez
Qua la quinta es la una y la sexta es la dos
Y asi el siete es tres

Y decimos adios
Y pedimos a Dios
Que en el año que vienne a ver si en vez de un million
Pueden ser dos

En la puerta del sol
Como el año que fue
Otra vez el champagne y la uvas
Y el alquitrán, de alfombra están.

La cerillera - Hans Christian Andersen

La cerillera - Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen escribió hace muchos años este bello, triste y emotivo cuento situado en la noche de San Silvestre. Una historia que nos recuerda que jamás debemos perder la ilusión por conseguir aquello que anhelamos.

Era la noche de San Silvestre, la última noche del año. Todo el mundo en la ciudad se apresuraba para llegar pronto a sus casas y refugiarse del frío y la nieve. Iban muy abrigados, y algunos llevaban regalos de Navidad. Tras los cristales ardía la leña en las chimeneas y había agradables aromas de los manjares preparados para la cena de aquella noche.

En medio del ir y venir, un pequeña chiquilla vendía fósforos para ganar algo con que comprar siquiera un pedazo de pan. - Compren fósforos, lo mejor para encender fuego. ¡Compre cerillas, señor! Pero la gente apenas escuchaba su débil voz y desde luego, por nada del mundo sacarían las manos de sus tibios bolsillos con el frío que hacía.

Poco a poco, la noche se fue acercando y la calle se quedó desierta. -¡Fósforos, fósforos! ¡Cerillas para la lumbre! –Pero la pobre cerillera pronto comprendió que no vendería nada más aquel día. Terminó pronto de contar las escasísimas ganancias. No podía volver así a su casa: sin llevar consigo algo de alimento para su familia.

Pensó que quizá sus padres se enfadaran con ella por no haber sido capaz de vender más, eran tan pobres y tantas bocas que alimentar, que la más mínima cantidad marcaba una gran diferencia. ¡Si por lo menos no hiciera tanto frío! Tenía los deditos entumecidos, la nariz helada y le dolía mucho la garganta. Si se atreviera a encender una cerilla, sentiría un poco de calor...

Al fin y al cabo, en su casa haría el mismo frío que en la calle, pues durante todo el invierno el agua de lluvia se había abierto camino entre las rendijas del tejado, formando goteras y el viento soplaba a través de lo cartones que formaban las paredes de su humilde casita. Se refugió en la esquina que formaban dos casas muy elegantes y con mucho cuidado para no destaparse, encendió un fósforo.

Y la luz del fósforo al arder le mostró una acogedora estancia donde ardía el cálido fuego de la chimenea al lado de una mesa con humeante comida. Las llamas se reflejaban en las paredes creando figuras danzarinas y la pobre cerillera incluso podía sentir el calor de una manta sobre sus rodillas. Al apagarse, la niña volvió a la oscura y fría realidad.

-Si pudiera ser todo el rato así...- Se lamentó la chiquilla –Encender otro fósforo no marcará ninguna diferencia, y sin embargo es tan agradable su luz... Y procedió a prender la llama que esta vez le mostró un salón bellamente adornado, con un árbol de navidad adornado con infinidad de pequeñas velitas centelleantes. Bajo él, los regalos esperando a ser abiertos por niños ilusionados.

Al apagarse el segundo fósforo, la pequeña volvió a sentirse sola, en la noche acariciada por los copos de nieve que caían sin cesar, casi a oscuras, sentada en la calle y aterida de frío. - Encenderé otra cerilla – decidió la niña, pues las ilusiones que le brindaba la luz conseguían apartarla, siquiera por un momento, de la insensible realidad

Y así lo hizo, sostuvo la madera encendida delante de sus ojos y esta vez se vio a sí misma sentada a la agradable mesa al lado de la chimenea, tomando una sopa caliente que reconfortó su enfermo cuerpo. Y también era ella la que se acercó al majestuoso árbol de navidad para abrir los regalos que en su corta vida nunca había recibido.

Tan agradable y tan nueva era la sensación para la chiquilla, tan gratificante sentir el calor del hogar, que esta vez, cuando se consumió la cerilla, sólo quedó junto a la esquina de las elegantes casas el pequeño cuerpecito de la vendedora de fósforos, pues su alma se negó a regresar a esa realidad que la había ignorado hasta el momento.

Cómo darle una pastilla a un gato

Cómo darle una pastilla a un gato

Dicen, cuentan, explican, que tener un animalito de compañía es lo mejor que le puede pasar a uno.

Y puestos a escoger qué mejor que un lindo gatito (Piolín dixit): son limpios, educados, galantes, elegantes, independientes... El problema viene cuando se ponen malitos y hay que llevarlos al veterinario. Les puedo asegurar que se esconderá, que hará lo imposible para no ir, y una vez allí, se comportará lo peor que pueda: mostrará sus dientes al veterinario (¿pero tantos tiene?, se preguntarán) le resoplará, mostrará sus afiladas uñas. Y lo peor aún no habrá comenzado, puesto que cuando el veterinario lo haya visitado, si el animalito se deja, claro, al amo le tocará la edificante tarea de administrarle la medicación.

He aquí unos consejillos que encontré hace un tiempo por "interné" acerca de cómo darle una pastilla a un gato.

Después de observar el elevado número de lesiones (algunas de gravedad), producidas por los gatos mientras sus dueños intentaban ingenuamente administrarles sus medicamentos, el ilustre colegio oficial de veterinarios de Matalaspilla ha decidido editar unos panfletos a modo de guía ilustrativa para evitar males mayores.Reproducimos aquí dicha guía para colaborar con esta campaña, a nuestro entender muy necesaria.Está dividida en cómodos pasos para facilitar su comprensión.

1 - Tome al gato y acúnelo con su brazo izquierdo como si estuviera sosteniendo a un bebé. Posicione el índice y el pulgar de su mano izquierda para aplicar una suave presión a las mejillas del gato mientras sostiene la píldora con la derecha. Cuando el gato abra la boca, arroje la píldora dentro. Permítale cerrar la boca a los efectos de que el gato trague la píldora.

2 - Levante la píldora del suelo y al gato de detrás del sofá. Acune al gato en su brazo izquierdo y repita el proceso.

3 - Traiga al gato del dormitorio y tire la píldora baboseada a la basura.

4 - Tome una nueva píldora de la caja, acune al gato en su brazo izquierdo manteniendo las patas traseras firmemente sujetas con su mano izquierda. Fuerce la apertura de mandíbulas y empuje la píldora dentro de la boca con su dedo medio. Mantenga la boca del gato cerrada mientras cuenta hasta 10.

5 - Saque la píldora de la pecera y al gato de arriba del armario. Llame a su esposa, que esta en el jardín.

6 - Arrodíllese en el suelo con el gato firmemente sostenido entre sus rodillas. Mantenga las patas traseras y delanteras quietas. Ignore los gruñidos que el gato emite. Pídale a su esposa que sostenga la cabeza del gato con una mano mientras le abre la boca con una regla de madera. Arroje la píldora dentro y frote vigorosamente la garganta del gato.

7 - Traiga al gato del portarrollos de la cortina. Traiga otra píldora de la caja. Recuerde comprar una nueva regla y reparar las cortinas. Barra cuidadosamente los trozos de figuras de porcelana y póngalos aparte para pegarlos luego.

8 - Envuelva al gato en una toalla grande y pídale a su esposa que lo mantenga estirado, con sólo la cabeza visible. Ponga la píldora en una pajita de gaseosa. Abra la boca del gato con un lápiz. Ponga un extremo de la pajita en la boca del gato y el otro en la suya. Sople.

9 - Verifique la caja para asegurarse de que la píldora no es dañina para seres humanos. Beba un vaso de agua para recuperar el sentido del gusto. Aplique apósitos a los brazos de su esposa y limpie la sangre de la alfombra con agua fría y jabón.

10 - Traiga el gato del tejado del vecino. Tome otra píldora. Ponga el gato en el armario y cierre la puerta sobre su cuello, dejando solo la cabeza fuera del mismo. Fuerce la apertura de la boca con una cuchara de postre. Arroje la píldora dentro con una bandita elástica.

11 - Vaya al garage a buscar un destornillador para volver a colocar la puerta del armario en sus bisagras. Aplíquese compresas frías en las mejillas y verifique cuando fue su última dosis de vacuna contra el tétanos. Arroje la camisa que tenía puesta en el cubo de la ropa sucia y tome una limpia del dormitorio.

12 - Llame a los bomberos para bajar al gato del árbol de la calle de enfrente. Discúlpese con su vecino que se estrelló contra su reja tratando de escapar del gato furioso. Tome la última píldora de la caja.

13 - Ate las patas delanteras del gato a las traseras con una cuerda. Átelo firmemente a la pata de la mesa de la cocina. Busque guantes de trabajo pesado. Mantenga la boca del gato abierta con una pequeña palanca. Ponga la píldora en la boca seguida de un gran trozo de carne. Mantenga la cabeza vertical y vierta medio litro de agua a través de la garganta del gato para que trague la píldora.

14 - Haga que su esposa lo lleve a la sala de emergencias. Siéntese tranquilamente mientras el doctor le venda dedos y frente, y le saca la píldora del ojo. En el camino de vuelta, deténgase en la tienda de muebles para comprar una nueva mesa.

15 - Arregle con una oficina inmobiliaria para comprar una nueva casa para el gato y llame al veterinario para averiguar si tiene algún hamster para vender.

La sopa de pescado

La sopa de pescado

Hay una imagen que cada Navidad vuelve a mi mente: la de mi abuelo sirviéndose más sopa de pescado en la última Navidad que estuvo entre nosotros.

En mi familia era típico celebrar el día de Navidad con una buena bullabessa hecha por mi padre, el mejor cocinero que conozco con diferencia. Suave, sabrosa, nada fuerte...

La verdad es que ese año me pareció deliciosa, quizá porque sabía que iba a ser la última comida de Navidad que íbamos a celebrar con mi abuelo. Y todos repetimos. Mi padre le iba a servir más sopa a mi abuelo, pero él prefirió levantarse y hacerlo él mismo; las fuerzas le fallaron y por un pelo cayó al suelo. Pero, a pesar de los tres cánceres que lo estaban devorando por dentro, se notaba que ese día era feliz.

Quizá ese año encarnó el espíritu que se supone transmiten estas fiestas.

Desde entonces tengo esa imagen grabada en mi mente y cada año por Navidad vuelve porque le sigo echando mucho de menos.

Te quiero mucho.

La casa de las ilusiones

La casa de las ilusiones

La voz de los niños de San Ildefonso le acompañaba en esa mañana, como cada 22 de diciembre desde que tenía uso de razón. Sólo compraba un único décimo al año. Iba a la administración de su barrio y pedía un número. Le daba igual cuál fuese, al fin y al cabo todos estaban en el bombo. Luego, volvía a la pequeña librería que regentaba y lo guardaba en cajita de madera que le hizo su marido poco antes de casarse. «Es para que guardes tus sueños en ella» le dijo cuando se la regaló. Desde ese momento tomó el hábito de escribir en una hoja de papel lo que anhelaba de corazón, luego la doblaba cuidadosamente y la dipositaba en la caja. Durante esos años había escrito pensando en la salud, el trabajo y el bienestar de los suyos; siempre lo hacía en forma de pequeños cuentos que tiraba cuando los reemplazaba por el siguiente.
Después de dejar el décimo en la caja, tomó una hoja de papel, cogió su vieja pluma y se dispuso a escribir su deseo para el año siguiente. Alguien la interrumpió. Un hombre joven, de buena presencia, entró en el establecimiento y muy educadamente le pidió si podía ayudarle en la elección de un libro para su novia.
–Por supuesto, caballero –respondió ella con una sonrisa.
Durante un buen rato le estuvo preguntando acerca de los gustos de la joven y finalmente salió del almacén con un libro antiguo, de hojas ya amarillentas y casi ajadas.
–Este es el libro ideal para ella. Si no le gusta, no se preocupe, que se lo cambiaré por el que quiera.
–Estoy convencido de que ha acertado con su elección. Me han hablado mucho de usted y de su capacidad para dar con el libro exacto para cada persona.
–¿De mi? –dijo ella intrigada–. Pero si sólo me conocen en este barrio.
El joven cogió su libro, la miró con una mezcla de dulzura y picardía y se fue.
El sorteo ya había terminado. Como de costumbre, la suerte había pasado de largo. Así que siguió escribiendo su sueño. Pero no dejaba de pensar en las palabras del joven.

El día de Navidad, en medio de la tertulia comentó lo acontecido tres días atrás.
–¡Bah, mamá, seguro que era alguien que quería reírse de ti! –contestó su hijo mayor.
De los tres hijos que había tenido el matrimonio, él era el menos imaginativo, el menos impresionable y cada año seguía preguntándose porqué su madre seguía al frente de un negocio que no daba grandes beneficios en vez de retirarse o dedicarse a otra cosa. Ella le contestaba que su librería formaba parte de su vida y que no pensaba jubilarse mientras le quedase ánimo para seguir frente a ella.

El primer día laborable después de Navidad, el joven volvió a la librería acompañado de su novia.
–Quería darle personalmente las gracias por su elección. ¿Sabe que hacía años que buscaba ese libro y no había manera de encontrarlo? –explicó la joven.
–Ya te dije que lo había encontrado en un sitio especial –añadió él.
–¿Especial? No sé porqué. Llevo toda mi vida al frente de este negocio, no hago más que cumplir con mi trabajo.
–Pero usted tiene un don, si me permite la observación –siguió él–. Durante años he oído hablar de usted y de él a diferentes personas. Los primeros fueron mis padres. ¿Sabe que mi padre enamoró a mi madre regalándole un libro comprado aquí? ¿Sabe que ha dado esperanza a muchas personas recoméndaloles la lectura adecuada para cada ocasión o bien escribiéndoles un cuento expresamente para ellos? Sí, ya sé que me dirá que eso forma parte de su trabajo.
La mujer estaba cada vez más intrigada. ¿Quién le había hablado de ella?

Lejos quedaba el tiempo en el que la librería era la casa de las ilusiones en forma de cuentos... Cuentos. Recordaba perfectamente cómo comenzó a escribir cuentos para los demás. Un día se presentó en la librería una mujer que quería hacerle un regalo especial a su marido, pero apenas disponía de dinero. A él le apasionaba la lectura así que el regalo ideal tenía que ser un libro. La librera repasó mentalmente el fondo del que disponía en esos momentos y no halló nada adecuado para él. La mujer se desesperanzó: ¿Qué iba ha hacer entonces? La librera la vio tan compungida que inmediatamente pensó en escribir ella misma una historia a medida. Quizá no tendría una excelente calidad literaria, pero sacaría del apuro a esa mujer. Al día siguiente el cuento estaba escrito. Nunca más supo de esa mujer y de su marido, pero a partir de ese momento, mucha gente llegaba con la esperanza de encontrar una historia para ellos.
Pero ahora todo había cambiado. Ya nadie entraba por un cuento a medida, y apenas lo hacían por un libro.
–Me gustaría pedirle un cuento para mi abuela –dijo la joven despertando a la mujer de su ensimismamiento momentáneo–. Será su regalo de Reyes.
La mujer escribió el cuento. Mientras lo hacía, tenía la extraña sensación de conocer de antiguo a la persona que lo iba a recibir.

Los días previos a Reyes fueron frenéticos. La librería estaba permanentemente llena de gente que buscaba el regalo ideal para las personas que querían. Y la librera se llenó de ilusión como cuando era niña y aún creía en los Reyes Magos.

El día de Reyes se despertó temprano y en vez de remolonear en la cama, se levantó para comprobar que los regalos estaban en su sitio, esperando a que todos los miembros de la famila se reuniesen para abrirlos. Era la tradición más arraigada en su casa; daba igual que sus hijos ya fuesen mayores y estuviesen emancipados. El día 6 de enero iban temprano a casa de sus padres para compartir con ellos la ilusión de una mañana mágica. Volvió a la cama. Le gustaba sentir el calor cercano de su marido.
–¿Ya haces como los niños pequeños levantándote para ver si han venido los Reyes? –preguntó él burlón.
–Quería que comprobar que todo estuviese en orden.
–Tengo una cosa para ti –dijo él después de besarla–. Y quiero que quede entre tú y yo, por eso no lo he puesto con el resto de regalos.
El hombre se levantó y le dio un paquete del tamaño de un folio que pesaba bastante. La mujer lo abrió ilusionada y en su interior encontró una caja idéntica a la que él le regalase muchos años atrás, sólo que más grande.
–Ábrela, cariño, por favor.
Ella obedeció y en su interior encontró los sueños en forma de cuento que había escrito desde que él le regalase la primera caja. Allí estaba la ilusión de su matrimonio, de sus embarazos, su tesón por tirar adelante su negocio...
–Pero, ¿cómo lo has hecho? ¡Si los fui tirando todos!
–Es cierto, pero sin que te dieras cuenta, yo los recuperaba.Vi de forma fortuita como te deshacías del primero y decidí guardarlos porque pensé que algún día te gustaría tenerlos.
–Sabes que eso era precisamente lo que quería, ¿verdad? Lo que ha ocurrido estos días en la librería me ha hecho pensar en toda nuestra vida, en todos nuestros sueños, en los cumplidos y en los que se quedaron por el camino. No hemos tenido una vida fácil, pero hemos luchado para llegar hasta aquí y sé que aún tenemos fuerza para seguir.

Al día siguiente volvió a la librería como de costumbre. Bajo la puerta encontró una carta escrita a mano, en una caligrafía no demasiado clara. La misiva era de la abuela para la que había escrito el último cuento. En el sobre se podía leer: «Gracias por haberme regalado la ilusión por segunda vez.»
La abrió intrigada y comenzó a leer. Ella era la mujer para la que años atrás había escrito ese primer relato. Le contaba que días después de recibir el cuento, su familia tuvo la oportunidad de emigrar para mejorar su situación y así lo hicieron. Durante años esa historia les había acompañado y les había dado aliento y contaban, a quién quisiera escucharles, como una joven que regentaba una pequeña librería les había regalado la ilusión cuando más la necesitaban. Hacía muy poco que habían regresado y su nieta, atrapada desde siempre por esa vieja historia, quiso comprobar si todavía existía ese local. Lo que menos podía ella imaginarse es que, unos días antes, su pareja, atrapada también por una historia familiar casi idéntica, requeriría los servicios de la misma mujer.

La librera se quedó sorprendida de la coincidencia y feliz de pensar que su trabajo había servido para dar un poco de alegría a los demás. Guardó la carta en su cajita para los sueños y acabó de subir la persiana del local, que había dejado a medias al ver la carta. Algo había cambiado: el rótulo de la librería había cambiado; ya no ponía «Librería» sino “La casa de las ilusiones”. Lo que ella aún no sabía era que su hijo mayor, de acuerdo con sus hermanos, fue el que encargó que hiciesen el cambio la noche de reyes para sorprender a su madre.

¡Fatalidad! - Arturo Pérez-Reverte

¡Fatalidad! - Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte escribió hace años este artículo sobre El Conde de Montecristo una novela llena de intriga, pasión, drama y sobre todo, venganza. Una de las obras maestras de Dumas.

Hacía mucho tiempo que deseaba regresar al castillo de If. Así que, veinte años después, desempolvé el viejo tomo de la editorial Porrúa -841 páginas, texto a dos columnas, como debe ser el folletín canónico- y me puse a ello. Reencontré a Edmundo Dantés y al abate Faria como a dos viejos amigos, y poco a poco la vieja fascinación retornó a la vuelta de cada página. Todo seguía allí, intacto: la traición, el tesoro, la venganza. Inmensa ficción y, al mismo tiempo, real; de carne y sangre como la vida misma. Y entonces, releyendo asombrado lo que tan nítidamente creía recordar, llegué al capítulo donde el banquero Danglars reprocha a su mujer, no que tenga un amante, sino que los manejos de ese amante lo estén arruinando, y añade sus sospechas de una conspiración para llevarlo a la quiebra. En ese momento dejé el libro sobre las rodillas, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón e hice una pausa-homenaje, con los ojos en el retrato imaginario del viejo Dumas que preside junto a otros colegas -Sendhal, Sabatini, Stevenson- mi rincón de lectura. No sé de qué diablos se sorprenden ahora, pensé, cuando ven la televisión o los titulares de los periódicos. Él ya lo había contado todo, hace siglo y medio, mejor que nadie podrá hacerlo nunca. Con la certeza de que sólo los muy estúpidos o los muy soberbios se jactan de conocer los límites entre la realidad y la ficción.

Hay novelas de las llamadas populares que conocen un curioso destino: escritas con un objeto, terminan convirtiéndose, a pesar incluso de la intención del autor, en símbolos, en banderas de algo. A veces hasta sobreviven y van mucho más allá de las intenciones de su creador. Cuando Eugenio Sue escribió Los misterios de París para diversión de una clase burguesa, ávida lectora de folletines, no imaginaba que su obra terminaría siendo acogida como una denuncia de la triste condición de los oprimidos, y que, muchos de quienes lucharon en las barricadas de 1848 lo harían por haber leído aquellas páginas. Otro tanto puede decirse de Los Miserables de Víctor Hugo, o de El conde de Montecristo , de Alejandro Dumas. Todas ellas son novelas que admiten, ya en su origen, dos lecturas paralelas: la de quien se sumergía en sus páginas por el puro placer del planteamiento, nudo y desenlace, y la de quien encontraba en ellas otros elementos, otras claves ocultas que daban profundidad y valor social a lo que en apariencia, y a veces incluso en la misma intención del autor, sólo era un elemental divertimento de masas.

Pero hay otro punto de vista posible a la hora de abordar estas lecturas: una visión de esa materia narrativa a la luz del tiempo y del concepto de lo relativo. Del mismo modo que la Ilíada puede leerse en 1992 con la conciencia de que de Troya a Sarajevo no hay, en cuanto a distancia histórica, sino algunos adelantos técnicos en cuanto a la forma de arrasar una ciudad, el lector que se enfrenta a una novela como El conde de Montecristo tiene a su alcance, aparte del placer de la pura narración, de las peripecias apasionantes de Edmundo Dantés entre sus amigos y enemigos, el gozo sutil de observar la supuesta ficción a la luz del mundo concreto en el que vive, de la sociedad que lo rodea. Entonces, por uno de esos milagros fascinantes que sólo las grandes obras maestras deparan, todos los personajes cobran vida, rostros, nombres de ahora mismo, y uno descubre que la materia manejada por el talento de Alejandro Dumas es materia viva, eterna, actual. Pero también que, desde 1844, la llamada sociedad moderna fue rigurosamente fiel a sí misma: nada nuevo se ha inventado desde entonces en lo tocante a ruindad, hipocresía, arribismo, corrupción en las instituciones y poder omnímodo, absoluto, del dinero. La diferencia es que antes, cuando Edmundo Dantés maquinaba su evasión del castillo de I f, aún había esperanza para los parias de la tierra. Hoy sabemos cómo suelen terminar los parias y hasta es posible intuir, por escasa imaginación, cómo puede terminar la tierra. Por eso, aunque no sea ya bajo idénticos motivos que el lector de folletines decimonónicos, el lector actual siente también que un sudor frío perla su frente ante los oscuros recovecos de la narración y de la vida que en ella se describe. Pero ahora, agonizando el que fue siglo de la esperanza, el sudor resulta más frío; el estremecimiento es mayor.

El conde de Montecristo es una novela llena de recursos del oficio, de diálogos y descripciones forzadamente largos -Dumas cobraba a tanto la línea- ,de estilo tosco y descuidado, adjetivos superfluos, divagaciones y desvergonzadas metáforas profesionales. Además, a menudo roza el cuento de hadas: la fuga de Dantés en el saco del muerto, los bandidos que leen a Plutarco, los disfraces, el tesoro, las sospechosas veleidades que tanto ayudan a Dantés en su venganza. El lector se adentra en ello con la conciencia de que todo es un artificio lleno de trucos y trampas, y sin embargo, a su pesar, termina prendido en la trama, pasando las páginas febril, deseando incluso, víctima agradecida del mismo artificio, encontrar en el libro precisamente todos los lugares comunes, todos esos estereotipos melodramáticos que su sentido crítico rechaza, pero que su instinto de lector, la admiración por el talento de Dumas, por la extraordinaria estructura narrativa que se despliega ante sus ojos, termina haciéndole, incluso, desear. Y cuando Villefort da un paso atrás con ojos extraviados y el espanto en la frente, o Montecristo palidece de forma terrible y murmura ¡Fatalidad! , o cuando Fernando se arrastra con suspiros que nada tienen de humano y rechinándole los dientes antes de pegarse un tiro, el lector detiene un momento la lectura, paladea el sabor perfecto y deliciosamente folletinesco de todo aquello y lamenta que sólo queden hasta el ¡Confiar y esperar! que precede a la palabra Fin. Umberto Eco se preguntaba si hubiésemos amado igual esta novela en el caso de no haberla leído por primera vez -o las primeras veces- en sus arcaicas y ampulosas traducciones decimonónicas. Y es que hay otras novelas mucho mejor escritas, por supuesto. Pero, comparadas con el Montecristo, sólo son simples obras de arte.

Además, Edmundo Dantés somos todos. Su drama, su desdicha, su fortuna y su venganza conectan perfectamente con la condición humana de este fin de siglo. Prestemos atención con ojos de lectores de 1992 a los resortes argumentales de la novela: una inocencia, la del joven marino Edmundo Dantés, recién desembarcado del Faraón y a punto de casarse con su novia mercedes, se ve traicionado por aquéllos en quienes confía. Dantés es encarcelado por la envidia (Danglars), la lujuria (Fernando), la cobardía (Caderousse) y la ambición política (Villefort). Por un golpe de suerte, merced a su amigo el abate Faria, Dantés escapa y logra un tesoro, una fortuna incalculable, que le permite planear y ejecutar la minuciosa estrategia de su venganza. O, dicho de otro modo, sólo el dinero, la inmensa fortuna escondida en la isla de Montecristo, transforma al paria Dantés en el elegante e implacable conde que ejecuta, en la tierra, los designios de la terrible Providencia divina. Y es ahí donde desfila, a sus pies y ante los ojos del lector, la sociedad francesa de la Restauración, los Cien Días y la monarquía de Luis Felipe, tan hipócritas y corruptas en aquel siglo como en éste: con sus banqueros, sus dandies, sus altos magistrados con un cadáver enterrado en el jardín, sus políticos venales, su parlamento, sus sobornos, los banquetes, las fiestas mundanas, las letras de cambio, las aristocráticas damas de virtud fácil, los mediocres poderosos, los canallas encumbrados, los advenedizos arrogantes, los analfabetos convertidos, merced a la política o el dinero, en árbitros de la moda, la moral, la elegancia y la cultura. Y el lector, que a las veinte páginas no sólo comprende a Dantés, no sólo se identifica personal e íntimamente, en la deliciosa revancha que por mano interpuesta, la del Conde de Montecristo, Dios o quizá la simple y objetiva Justicia, tan huérfana y desvalida ayer como hoy, se desencadena contra la ambición arribista, la envidia personal y las tiranías sociales. Una venganza -y ahí está el detalle espléndido del asunto- llevada a cabo con las mismas armas de los enemigos: el poder del dinero. Un dinero que se vuelve, gracias al genio del abate Faria y a la Providencia, terrible arma arrojadiza contra ese mismo poder. Y el lector, incluso el escéptico y resabiado en la era de la televisión y la informática, aplaude el prodigio como hacía antes el público en el gallinero de los teatros y en los cines de barrio, cuando silbaba a los traidores y aclamaba a los caballeros sin miedo y sin tacha. Silbidos y aclamaciones que, para nuestra desgracia, ya no suenan en ninguna parte, convertidos en patrimonio exclusivo de los inocentes y de los niños.

Por eso Edmundo Dantés sigue vivo. La grandeza de El conde de Montecristo reside en que su venganza, la única justicia posible en aquel y en este mundo de tahúres y sinvergüenzas, también es la nuestra. Esperar y confiar: Y que Dios, además de las justas repúblicas que dan asilo a un hombre, además de las islas lejanas a donde nunca llegan órdenes de captura, bendiga también al viejo Dumas. Amén.

Hagamos un trato - Mario Benedetti

Hagamos un trato - Mario Benedetti

Para vosotros, por estar siempre ahí, por tener una mano tendida cuando la necesito, por mimarme y por tantas y tantas cosas... Y porque no se me ocurre una manera mejor de daros las gracias y deciros que podéis contar conmigo aunque esté huraña, fría y distante como en estos últimos días.

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo
si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo
si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo
pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

Exorcizar los demonios

Exorcizar los demonios

«Hay toda clase de historias. Algunas nacen al ser contadas, su substancia es el lenguaje y antes de que alguien las ponga en palabras son apenas una emoción, un capricho de la mente, una imagen o una intangible reminiscencia. Otras vienen completas, como manzanas, y pueden repetirse hasta el infinito sin riesgo de alterar su sentido. Existen unas tomadas de la realidad y procesadas por la inspiración, mientras otras nacen de un instante de inspiración y se convierten en realidad al ser contadas. Y hay historias secretas que permanecen ocultas en las sombras de la memoria, son como organismos vivos, les salen raíces, tentáculos, se llenan de adherencias y parásitos y con el tiempo se transforman en materia de pesadillas. A veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento.» Isabel Allende: "Vida interminable", en Cuentos de Eva Luna

La verdad es que hay momentos en los que desarías poder exorcizar los demonios con un cuento. La escritura es una de las mejores terapias que existen; sólo debes dejar a un lado el "temor" a la página en blanco; sólo debes dejar fluir tus pensamientos, dejar que aquello que sientes salga a través de tu pluma y se plasme en la hoja de papel. Quizá, después de todo esto, lo haga. Quizá cuando todo pase.

Paula - Isabel Allende

Paula - Isabel Allende

Paula es una de las novelas que siempre tengo en mi mesilla de noche. Es uno de los libros más duros que jamás he leído pero, a la vez, deja una puerta abierta a la esperanza. Leerlo es un excelente ejercicio catárquico para cualquier persona que llega a él.

"Escucha, Paula, voy a contarte una historia, para que cuando despiertes no estés tan perdida.
Hace varios meses terminé El plan infinito, mi novela más reciente, y desde entonces me preparo para este día. Tenía todo listo: tema, título, primera frase, sin embargo no escribiré esa historia todavía, porque desde que enfermaste sólo me alcanzan las fuerzas para acompañarte, Paula. Llevas un mes dormida, no sé cómo alcanzarte, te llamo y te llamo, pero tu nombre se pierde en los vericuetos de este hospital. Tengo el alma sofocada de arena, la tristeza es un desierto estéril, No sé rezar, no logro hilar dos pensamientos, menos podría sumergirme en la creación de otro libro. Me vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación podré ayudarte y ayudarme, el meticuloso ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación. Hace once años escribí una carta a mi abuelo para despedirlo en la muerte, este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida."

Cantando bajo la lluvia

Cantando bajo la lluvia

Cantando bajo la lluvia (1952) dirigida por Gene Kelly y Stanley Donen satiriza la transición del cine mudo al sonoro.

El ídolo del cine mudo Don Lockwood (Gene Kelly) posee fama, fortuna y éxito. Forma un dúo indisoluble con Lina Lamont (Jean Hagen) la coprotagonista de las películas que le han dado lo que tiene. Pero la irrupción de las talkies (como se denominaron las películas habladas) los obliga a hablar delante de la cámara para evitar la quiebra del estudio para el que trabajan.

El preestreno de la que será su primera película hablada, El caballero duelista, evidencia que la gran diva del cine mudo hace el ridículo cada vez que debe ponerse delante de un micrófono, y que su paciente profesora de dicción no tiene nada que hacer con ella.

Don tiene una idea genial para salvar el nuevo film: convertir El caballero duelista en el musical El caballero danzarín y doblar todos los diálogos de su compañera.

Esta caricatura suaviza los problemas más dramáticos de una transformación radical, que no sólo derrocó a muchos ídolos, sino que dejó sin trabajo a una serie de técnicos que sólo se justificaban dentro la estructura del cine mudo, como las orquestinas o los narradores.

El 6 de octubre de 1927 en el Warner Theatre de Nueva York se estrenaba El cantor de Jazz, The Jazz Singer la primera película hablada de la historia del cine. Pero en realidad, el cine hablado, apareció como una estrategia desesperada de la Warner Bros para salvarse de la ruina.

Desde el primer momento fue acogido por los otros productores de Hollywood con reticencia, escepticismo e ironía, porque incluso Jack Warner poco antes que el nuevo invento lo salvara de la catástrofe se había preguntado quién querría oír hablar a los actores.

Pero las recaudaciones de las primeras talkies no tardaron mucho en convencer a los más escépticos, y lo que se había considerado una moda pasajera, se convirtió en imprescindible en las carteleras de finales de los años 20.

Cantando bajo la lluvia toma su título de una canción escrita para una de las primeras películas habladas de la historia: The Hoolywood Revue of 1929. Y es que todas las canciones que aparecen en el film son canciones de los años 20.

Cantando bajo la lluvia es uno de los grandes musicales de Hollywood: números como "Make a laugh" protagonizado por Donald O'Connor bailando por las paredes, suelo y techo), "Broadway Melody" (con Cyd Charisse como bailarina de honor) o el famosísimo "Singin' in the Rain" (que Gene Kelly rodó a 40 de fiebre mientras se mojaba en agua diluida en leche para que la cámara captase las gotas de "lluvia") así lo acreditan.

Hay días - Fernando Cortés

Hay días -  Fernando Cortés

Hay días en los que te cuesta expresar lo que sientes: rabia, frustración, impotencia... Y entonces es cuando, por azar, vas a dar con un poema como éste

Hay días en que siento
un deseo insufrible
de desgarrar el cielo.
De ver cómo mi sangre
se multiplica en uñas afiladas
para arañar su tenue carne azul.
Y entonces necesito
que mis garras arranquen
estrías luminosas
de su pecho apacible,
que abran su alada piel
en fascinantes llagas,
y que al fin, con desprecio,
arrojen sobre el mundo
su luz hecha jirones.

Hay días en que siento,
por ti, por mí y por todos,
un deseo insufrible
de desgarrar el cielo.

Alejandro Dumas visto por Julián Marías

Alejandro Dumas visto por Julián Marías

Julián Marías escribió este artículo sobre Alejandro Dumas en el bicentenario de su nacimiento.

Así fue conocido en España, e inmensamente popular, durante casi todo el siglo XIX Alexandre Dumas, nacido hace 200 años, en 1802, el mismo año que Víctor Hugo. Cuando su hijo publicó «La Dama de las Camelias», se añadió el calificativo «padre». El uso de la época era traducir los nombres propios; predominaba la impresión de que eran nombres comunes a casi todos los países europeos, en su mayoría de santos que también recibían nombres diversos. Solamente se conservaban algunas formas extranjeras, como Walter Scott, porque Walterio era igualmente exótico y menos agradable; no digamos si se llegaba a Winston.
Desde muy temprano fui lector entusiasta de Dumas. A los trece años devoré un grueso volumen que contenía «Les Trois Mousquetères» con su continuación «Vingts ans après»; muchos años después leí la tercera parte, «Le Vicomte de Bragelonne». Libros y más libros, novelas históricas que cubrían principalmente los siglos XVI, XVII y XVIII. Dumas era un fantástico narrador, que contaba con singular atractivo, de manera a la vez sencilla y brillante. Tengo la impresión de que todavía hoy es bastante leído y con agrado, lo cual significa una larga vitalidad.
La época de los Valois y la que comprende desde sus orígenes la Revolución aparecen en los libros de Dumas con una fuerza, un relieve y un atractivo que sorprenden. Si se compara la «Reine Margot» con la desvaída película del mismo título, se echa de menos el talento del novelista. La Reina Margarita, su marido el futuro Enrique IV, el Bearnés, los tremendos episodios de la Noche de San Bartolomé, todo ello aparece con una fuerza imborrable.
El ciclo de la revolución francesa se inicia con «Le Collier de la Reine». El primer capítulo es simplemente prodigioso: unos cuantos años antes del comienzo de la Revolución, se reúnen a comer en casa del Duque de Richelieu unos cuantos personajes famosos, entre ellos el Rey de Noruega, de incógnito, y el famoso conde de Cagliostro. También está la Condesa de Dubarry. La narración es minuciosa, se espera un vino precioso que ha mandado desde su palacio otro aristócrata y hay que esperar. Los personajes hablan de esperanzas, temores y zozobras; se especula con posibles causas y formas de muerte; Cagliostro inicia, con resistencia, al final con cierta pasión, los vaticinios. La alegre reunión se va volviendo dramática, se ensombrece. Es como un preludio magistral de lo que años después será la gran revolución.
Hace cosa de setenta años que leí estas páginas; las tengo frescas, como si acabara de conocerlas; retengo toda la anticipación que encerraban y que se desarrolló en unos cuantos libros espléndidos. Cuando yo los leía sabía muy poco de casi todo; el nombre de Rousseau, que aparece en las «Mémoires d´un médecin», no me decía gran cosa; cuando mucho después releí este libro, me sorprendió el acierto con que estaba evocada su figura.
La novela histórica es un género particularmente interesante. No solo por lo que tiene de novela, sino que precisamente por ello contribuye poderosamente a la comprensión de la historia. Hay enorme desigualdad en los estilos de este género novelesco, según las lenguas, los países y las épocas. A veces se desentiende de la veracidad; otras, por el contrario, acumula precisiones, datos, información. Lo decisivo, lo más valioso, es que la introducción de personajes vivos, reales o ficticios, hace que se ilumine el contexto, el ambiente, los acontecimientos. Todo eso se ve como escenarios de vidas concretas, comprensibles, que pueden ser apasionantes, con sus argumentos que se entrecruzan; en suma, imaginan una compleja convivencia que fue la situación real en las circunstancias evocadas.
Esto lo hacía Dumas con perfección raras veces igualada. Era radicalmente novelista, narrador, inventor de personajes, intérprete de los que tomaba de la realidad, a los que forzaba a convivir con los suyos. Por eso se entienden admirablemente bien las largas porciones de la historia francesa a las que dedicó sus novelas. Sería interesante comparar la visión de esas porciones de historia que poseemos con las de otros períodos que quedaron fuera de su actividad.
Es bien sabido que Dumas no era escrupuloso. No todo lo escrito salió de su mano, sino de un «taller» que aplacaba la ambición del público por sus obras. Una de sus peores novelas, que leí en mi juventud, es «La mano del muerto». En ella había innumerables personajes, que iban muriendo con extraña facilidad; pero todavía quedaban muchos y los hizo embarcar en un buque que naufragó. Hace tiempo leí un concienzudo estudio sobre Dumas en que se hacía constar que no había escrito ese libro.
El torso de la obra auténtica se ha salvado, y creo que podrá tener aún larga vida. Recuerdo con extraña viveza los personajes de muchos de sus libros, los tres mosqueteros, que como se sabe eran cuatro, sus enemigos y rivales, sus amores, sus aventuras y venganzas, el paradero de cada uno de ellos en su madurez o su vejez. Un mundo que parece haberse conservado milagrosamente.
La Revolución francesa, con su enorme dramatismo, con su entusiasmo inicial, sus torpezas, su horror, las transformaciones súbitas de una sociedad, todo eso vive con increíble actualidad en toda la serie de novelas de Dumas.
Podríamos decir que se trata de la salvación por la imaginación. Sin esta, todo queda pálido, exangüe, inerte. Ha habido en decenios recientes una tendencia en los historiadores a acumular datos, precisiones, estadísticas, precios, fluctuaciones de mercados. Se ha omitido la narración. Se ha dejado de «contar»; las cuentas han reemplazado al cuento, y con ello se han desvanecido los personajes: se ha intentado escribir una historia sin apenas nombres propios.
Los historiadores deberían leer a Dumas; probablemente los mejores lo hacen; no sería difícil adivinar en sus libros la probabilidad de que se hayan nutrido de las novelas fantásticas, imaginativas, ágiles, pero no sin fundamento, que escribió durante tantos años Alejandro Dumas.

Julio de 2002

Oscuridad hermosa - Gonzalo Rojas

Oscuridad hermosa - Gonzalo Rojas

Un poema del Premio Cervantes de este año

Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humano
te he sentido.
Palpitante,
no sé si como sangre o como nube
errante,
por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,
oscuridad que baja, corriste, centelleante.
Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible, tan hermosa
que todo cuanto existe,
para mí, sin tu llama, no existiera.

Siento vida - Presuntos implicados

Siento vida - Presuntos implicados

Siento vida, fluye de la madre tierra
y rebosará mi ser, vida.
Despertar para ver
que tras las sombras
siempre está la luz.
Y comprender y olvidar,
porque esa es la mejor lección, sí.
Y con torpeza tropiezo
pero vuelvo a ponerme en pie.
Siento vida, río cuando estoy alegre,
quiero y me dejo querer,
lloro si algo me conmueve,
trato siempre de aprender.
Puede que a veces me cueste ver,
que el secreto de vivir
es tan fácil de entender:
sólo dar y compartir.
Buscaré el calor,
si el invierno no tiene fin.
Seré fuerte y fiel,
no afligiéndome nunca más.
Un largo y curvo camino
dicen que hay que recorrer.
Siento vida, río cuando estoy alegre,
quiero y me dejo querer,
lloro si algo me conmueve,
trato siempre de aprender.
Mas, si en algo he de cambiar,
yo ya voy a comenzar,
y por eso en mi canción
tengo una revolución.
Seré fuerte y fiel, no afligiéndome nunca más.
Siento vida, cada vez que abro los ojos y miro a mi alrededor.
Renovadamente brota buscando la luz del sol.
río cuando estoy alegre, quiero y me dejo querer.
Doy con las manos llenas, creo firme en el amor.