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El rincón de Irenia

La cita II

La cita II

Aquí dejo la segunda parte del relato que comencé el domingo.

La cita II

El café estaba lleno, pero al fondo quedaba libre una mesita que ocuparon enseguida. Le pareció que no tenía el aire íntimo de la otra vez, quizá por el número de gente, quizá por el sol de tarde fuera del local, quizá por… Quizá era ella la que se sentía diferente.

Temió arrepentirse de la invitación realizada casi a bocajarro y por despecho. Realmente no conocía de nada al hombre con el que se acaba de sentar a tomar un café y tampoco sabía si su humor encajaría bien no entenderse con él, si se daba el caso. Comenzaron a hablar de trabajo, era su vínculo común; ninguno de los dos se atrevió a preguntar al otro por el motivo de la demora en la oficina, aunque él hubiese afirmado abiertamente que le habían plantado. Se notaba que ambos deseaban cambiar el tema de la conversación, en algunos momentos parecía que todavía siguiesen trabajando. Y de repente, algo pasó. Se les acercó un vendedor ambulante de top manta ofreciéndoles en DVD la película que ella había visto a principios de semana en el cine. Él también la había visto días atrás y le pareció estupenda. Le contó punto por punto el motivo de su entusiasmo por aquella película: el argumento, los personajes, la narración, el montaje… No había duda su gran pasión era el cine. Ella se dejó seducir por sus palabras, por sus gestos… Se sentía muy cómoda a su lado.

Sin darse cuenta se les hizo la hora de cerrar el local. Decidieron ir a cenar y seguir con la charla cada vez más animada. Se notaba que cada vez se sentían mejor el uno con el otro. Habían pasado de ser dos extraños a casi dos confidentes.

Después de la cena fueron a tomar una copa. Esta vez eligió él el local. Ella hacía rato que había decidido dejarlo todo en sus manos y dejarse llevar. ¡Hacía tanto que no se sentía así con alguien! La llevó a uno pequeño, de dos plantas; la primera estaba llena así que subieron a la segunda donde no había nadie más. Se sentaron como lo habían hecho durante las horas anteriores: uno frente al otro, pero se notaba que había una química especial entre ambos. La conversación por fin derivó al tema que ambos habían estado esquivando desde que salieran de la oficina: ¿por qué se habían refugiado en el trabajo en lugar de salir pronto? Ella no pudo mentir y confesó que su cita también había fallado. Él sonrió. Enlazó sus dedos con los de ella y observó cuál era su reacción. Ella le respondió cogiéndole la otra mano.
--¿Tu novio? –se apresuró a preguntar él.
--¿Tu novia? –respondió ella coqueteando abiertamente con él.

Se miraron a los ojos sonriéndose y él se le acercó lentamente hasta que la besó. ¡Cuánto necesitaba ella ese beso!

No volvieron a hablar de sus respectivas citas anuladas.

Fueron los últimos en salir del bar y lo hicieron cogidos de la cintura. Ambos parecían necesitarse aquella noche. A esa hora ya no podían ir a ningún local donde se les permitiese seguir con la conversación y ninguno de los dos quería acabar la noche ahí, así que tomaron rumbo a casa de ella.

Ella intuía que algo iba a ocurrir. Las manos de él la cogieron por la cintura en el ascensor y subieron hasta tocar sus pechos por dentro de la camisa mientras ella intentaba abrir la puerta de casa. “No pienses”, se repetía ella, “no pienses”.

Los besos se repitieron, esta vez acompañados de caricias sabias. Se sirvieron una copa y siguieron hablando. Parecían que los temas de conversación jamás se agotaban con él y esto todavía la atraía más. Se sentaron en el sofá, allí parecía correr más aire que en las sillas del comedor donde se habían sentado inicialmente. Al poco rato ella se estiró en el sofá y usó las piernas de él de cojín. ¡Se sentía tan bien así! Él le acariciaba el pelo mientras seguían charlando. ¿Qué hora debía ser? ¡Qué más daba! Él se levantó con suavidad y la dejó totalmente recostada sobre el sofá. Se arrodilló en el suelo y la besó de nuevo.
--Te deseo –confesó.

Un extraño mecanismo se puso en funcionamiento en el cerebro de ella. ¡No puede ser! ¡Es un compañero de trabajo! ¡Lo veré cada día! ¡No me puedo liar con él y aún menos por despecho de otro hombre al que aún deseo!

Se incorporó violentamente.
--¡No! –exclamó—. Dejémoslo aquí.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

Don't Get Me Wrong - The Pretenders

Don't Get Me Wrong - The Pretenders

...but there’s something in the air…

Don’t get me wrong
If I’m looking kind of dazzled
I see neon lights
Whenever you walk by

Don’t get me wrong
If you say hello and I take a ride
Upon a sea where the mystic moon
Is playing havoc with the tide
Don’t get me wrong

Don’t get me wrong
If I’m acting so distracted
I’m thinking about the fireworks
That go off when you smile

Don’t get me wrong
If I split like light refracted
I’m only off to wander
Across a moonlit mile

Once in awhile
Two people meet
Seemingly for no reason
They just pass on the street
Suddenly thunder, showers everywhere
Who can explain the thunder and rain
But there’s something in the air

Don’t get me wrong
If I come and go like fashion
I might be great tomorrow
But hopeless yesterday

Don’t get me wrong
If I fall in the ’mode of passion’
It might be unbelievable
But let’s not say so long
It might just be fantastic
Don’t get me wrong

La búsqueda del Santo Grial - Victoria Cirlot

La búsqueda del Santo Grial -  Victoria Cirlot

El miércoles de la semana pasada comenté que zapeando había dado con una interesante entrevista con Victoria Cirlot, una de las mejores especialistas en el ciclo artúrico de este país.

Ahora, buscando material para el trabajo, he dado con un artículo suyo publicado en la revista Historia de Nacional Geographic sobre la búsqueda del Santo Grial.

Interesantísimo.

Un mito para occidente. La Búsqueda del Grial

El mito del Grial o del Santo Grial es esencialmente una aventura iniciática, la de la búsqueda de un extraño objeto de propiedades maravillosas por parte de un joven caballero, casto e ingenuo, que, tras un primer fracaso, empeña su vida en esa quimérica persecución. El Grial tiene un halo mágico y un claro simbolismo cristiano ya en nuestro primer narrador, el novelista Chrétien de Troyes, en su inacabado relato El cuento del Grial, que perdura en la gran novela alemana Parzival, de Wolfram von Eschenbach. Unas veces el Grial es un amplio recipiente, sobre el que se lleva una hostia consagrada para un rey tullido; otras (en el relato galés de Peredur) una bandeja con una cabeza que exige venganza, o bien (en Parzival) una piedra mágica sobre la que desciende el Espíritu Santo.

El primer buscador del Grial
Una noche, en el castillo de un valle, un joven caballero asiste a una escena maravillosa. Sentado en un lecho junto al señor del castillo en el que se aloja ve aparecer, mientras esperan la cena y durante la misma, a un cortejo formado por vanos personajes entre los que destacan un criado que sostiene una lanza sangrante, y una hermosa doncella que entre sus manos lleva un «grial» que despren de un gran resplandor. El joven no pregunta por aquella maravilla que pasa delante de él para desaparecer en una habitación contigua. El cortejo sale de la habitación y vuelve a pasar delante de él, pero el joven continúa en silencio, pensando que ya preguntará al día siguiente. Pero cuando se despierta por la mañana comprueba que el castillo se halla desierto y que ya no hay nadie a quién preguntar.

El suceso habría permanecido en el más completo misterio si aquella misma mañana el muchacho no se hubiera encontrado con una doncella que le aclara algo de lo sucedido: el señor del castillo era el Rico Rey Pescador, tullido por haber sido herido por una jabalina entre las piernas, y el cortejo al que había asistido no era otro sino el cortejo del Grial. El joven caballero, que hasta el momento no ha recibido nombre alguno en el relato, después de oír a la doncella, «adivina su nombre» y dice llamarse Perceval (del francés: percer le val, «cruzar el valle», «penetrar en los secretos del valle»), con lo que se manifiesta el carácter fundamental de la aventura.

Una aventura ante la que el héroe ha fracasado. Su silencio será criticado por la doncella que resulta ser su prima. Ella lo asocia con el fallecimiento de la madre de Perceval -muerta del dolor por la partida de su hijo- y anuncia grandes males, entre ellos que la tierra quedará yerma. A pesar de todo, Perceval continúa su camino, que le conduce hasta la corte del rey Arturo, donde volverá a oír de nuevo en público, delante de todos los cortesanos de Camelot, las recriminaciones por su silencio en boca de un extraño personaje, la Doncella Fea en la mula. Pero en esta ocasión, las duras palabras de la horrible doncella se clavan en su corazón y le hacen hablar de un modo muy distinto al del resto de la caballería. Un nuevo horizonte se perfila en el pensamiento del héroe. Es un horizonte desconocido hasta el momento: una errancia sin descanso que habrá de conducirle hasta «saber por qué sangra la lanza» y «a quién se sirve con el Grial». Acaba de abrirse un nuevo espacio en el que comienza la búsqueda (queste) del Grial.
Este es el corazón del primer relato europeo sobre el Grial, iniciador de toda una poética dedicada a elaborar y reelaborar el mito. Escrito por Chrétien de Troyes en la corte de Felipe de Flandes hacia el año 1180, El cuento del Grial (Li Contes del Graal), tanto por su carácter inacabado como mucho más por el enigma que contenía, abrió un amplio campo de expectativas entre la nobleza francesa y alemana, que habría de verse satisfecho por casi un siglo de escritura: en Francia, desde las denominadas Continuaciones (cuatro romans en verso, compuestos entre 1190 y 1240, que trataron de «continuar» la obra de Chrétien) y la Historia del Santo Grial de Robert de Boron (1190), hasta los romans en prosa, como Perlesvaus o El alto libro del Graal de autor anónimo (1210) y La búsqueda del Santo Grial (Queste du saint Graal), también de autor anónimo (1235), y en Alemania, desde el Parzival de Wolfram von Eschenbach (ca. 1200) hasta El joven Titurel de Albrecht von Scharfenberg (ca. 1270). Son éstas las obras más importantes, las constructoras del mito, que no agotan en modo alguno todas las versiones y traducciones que llegaron a escribirse sobre él en la Europa medieval.

Un mito de origen celta
¿En qué consistió la elaboración del mito? O dicho de otro modo, ¿por qué se volvió una y otra vez sobre él generando tal intensidad de imaginación y escritura? Esta pregunta surge siempre que hay que vérselas con la historia del Grial, pues nos encontramos ante un material lleno de significado, absolutamente maleable y que justamente se muestra para ser moldeado. Del «trabajo en el mito» brotan nuevos significados que responden a las preguntas inquietantes que se formulan las diversas culturas a lo largo de los siglos. Concretamente en los siglos XII y XIII, en la época de formación y construcción del mito del Grial, el proceso de elaboración consistió en cristianizar una tradición celta. Si la obra novelística de Chrétien de Troyes y sus continuadores surgió de la denominada «materia de Bretaña», es decir, de las leyendas relacionadas con el mundo artúrico y de los relatos transmitidos por los bardos bretones (de la isla y del continente) en los que sobrevivían los restos de la antigua cultura celta, nunca antes una trama mítica había tendido tanto como la del Grial a revestirse de un significado cristiano.
En efecto, El cuento del Grial incitó a desarrollar y a profundizar progresivamente en su posible sentido religioso, que al comienzo sólo estaba veladamente sugerido. Una de las características más destacadas del arte narrativo de Chrétien radica en su ambigüedad y ciertamente en su relato el mito del Grial ni conserva íntegramente sus rasgos celtas ni tampoco propone una interpretación cristiana del mismo. Se sitúa en un punto medio en el que sobre todo lo que brilla es lo maravilloso. Con todo, es posible vislumbrar los restos de sus orígenes celtas.
En El cuento del Grial de Chrétien de Troyes, el castillo del Grial «aparece» de pronto ante la mirada atónita de Perceval que, al no poder atravesar un río, sigue los consejos de un anónimo pescador y sube a lo alto de una montaña. Una vez arriba y en contra de lo que se le había anunciado, Perceval no vislumbra ningún castillo, hasta que de pronto ve surgir en el valle unas torres. Se trata de un castillo maravilloso y la visita del héroe al mismo entronca con un género narrativo propio de las literaturas célticas, que suelen relatar las visitas de los héroes al Otro Mundo.

La iniciación heroica
La aventura del Grial en el relato de Chrétien es el centro de toda una serie de aventuras que tienen como finalidad mostrar el aprendizaje del héroe. Como todas las novelas artúricas, ésta también se caracteriza por ser un relato iniciático. La historia había comenzado en la casa de la madre del héroe que, tras la muerte de su marido y de sus otros hijos, decidió apartarlo totalmente de la corte y de la caballería. Su joven hijo vive en un estado semisalvaje, hasta que un día se encuentra con un grupo de caballeros y queda deslumbrado por la belleza de sus armas.
A partir de ese momento Perceval sólo piensa en dejar la casa de su madre y acudir a la corte del rey Arturo, que, según le han dicho los caballeros, es «el rey que entrega armas». Ante la decisión inquebrantable del hijo, la madre se limita a contarle la trágica historia de su padre y le da consejos que serán equivocadamente aplicados. Cuando su hijo parte, la madre cae desmayada de dolor junto al puente. El joven hijo de la viuda dama es presentado como un necio, un salvaje, un ignorante, y sus actos sólo mostrarán una gran confusión.

Con tintes cómicos trata Chrétien a este personaje que prosigue su camino hasta la corte del rey Arturo donde matará a un caballero, el llamado Caballero Bermejo, para quedarse con sus armas rojas. Una vez ha conquistado las armas, el joven se inicia en la caballería gracias a su maestro en armas Gomemanz de Goort. Pero una imagen le inquieta y decide abandonar el castillo de Gomemanz: es el recuerdo de su madre caída junto al puente. Los consejos de Gornemanz sustituyen a los consejos de su madre. Entre ellos, el maestro le aconseja no hablar demasiado. De nuevo será éste un consejo mal aplicado por parte del joven. En el camino de regreso a casa de la madre, el aprendiz de caballero encuentra el amor. En el castillo de Blanchefleur, el joven ejercitará las armas en defensa de la doncella desprotegida, de modo que cuando sale de allí se ha convertido en un caballero cortés al haber realizado la relación inextricable entre armas y amor propuesta por el modelo cortesano.
Y es en ese camino de retorno a casa de su madre cuando encuentra el castillo del Grial, que plantea una aventura desconocida, insospechada, más allá de todo presupuesto cortesano. Cuando ve aparecer la torre desde lo alto del risco, Perceval se dirige hacia el castillo donde es recibido como si todos le estuvieran esperando. El que antes había encontrado pescando, está ahora sentado y se disculpa de no levantarse, pues «no se puede valer». Ya sentado junto al señor del castillo, le traen una espada que difícilmente será ni mellada, ni quebrada, y que se ajusta perfectamente a su mano. Luego, en las versiones posteriores del mito, la espada rota será símbolo del fracaso del héroe. Pero en el roman de Chrétien funciona como prueba de que ha llegado el «esperado», el «elegido». Y en esto pasa el cortejo y el joven calla porque recuerda que su maestro en armas le aconsejó que no hablara demasiado. Y a la mañana siguiente encuentra a la doncella que explica algo de lo sucedido la noche anterior y sobre todo, le anuncia la muerte de su madre. El retomo a casa de la madre ya no tiene sentido.
La reaparición de la corte de Arturo marca, como siempre en este género literario, el final de un proceso: el joven que salió de casa de la madre como un ignorante se ha convertido ya en un perfecto caballero cortesano, como se pone de manifiesto en la conversación que mantiene Perceval con Gauvain después de una prodigiosa escena, la de las gotas de sangre sobre la nieve, en la que Perceval interioriza el amor por Blanchefleur como un amor de lejos. Y una vez en la corte de Arturo, viene el inmediato derrumbamiento del héroe ante la crítica de la Doncella Fea en la mula y la apertura de un inmenso horizonte de errancia que supone la búsqueda del Grial.

La cristianización del mito
Chrétien no prosigue la historia de Perceval, sino que da entrada a otro personaje, Gauvain, y sus aventuras, para de pronto volver a recuperar a nuestro héroe: han transcurrido cinco años y Perceval vive olvidado de Dios. En esta nueva aventura de Perceval sucede la incipiente cristianización del mito. Es el día de Viernes Santo, y Perceval encuentra a un ermitaño, con quien se confiesa. El ermitaño ofrece una nueva versión del suceso en el castillo del Grial, en la que sobre todo destaca el hecho de que el Grial se presenta como algo muy santo que contiene una hostia que mantiene con vida al Rey del Grial, quien se encuentra en la habitación contigua, y que no es ningún extraño para Perceval, sino que es el hermano de su madre, como el mismo ermitaño. El mismo Rey Pescador es primo de Perceval. Y después de esta aventura con el ermitaño Chrétien recupera a Gauvain y tras unos versos más, el relato queda interrumpido, según uno de sus continuadores a causa de la muerte del escritor de la Champaña.

Continuaciones de la leyenda
De entre las reelaboraciones del mito sobresale la de Wolfram von Escherbach que siguió literalmente el argumento trazado por Chrétien, al que cita en el epílogo como la fuente fundamental junto a un tal Kyot el provenzal nunca identificado. Wolfram amplió de forma considerable el relato llenando las elipsis tan queridas por Chrétien, y reinterpretó pasajes decisivos. Entre sus cambios el referido al propio Grial, que en el relato alemán ya no es un recipiente amplio, en forma de bandeja, sino una piedra misteriosa (lapis exillis, tal vez lapis ex coelis), y a ella se refiere la pregunta que el héroe tiene que formular en el castillo del Grial.
Poco después del relato de Chretien, otro escritor, Robert de Boron, escribió una trilogía de la que sé se ha conservado la primera parte y fragmentos de la segunda, pero en la que se argumentó de una manera definitiva el sentido cristiano del mito. Su Historia del Santo Grial transcurre en tiempos de José de Arimatea, y el Grial es el vaso en el que se recogió la sangre de Cristo y la lanza es la de Longinos que penetró el costado de Cristo. A partir de esta obra se aseguró la identificación cristiana de los objetos dentro de un ambientes en los que perduró el celtismo, como sucede en el Perlesvaus o en las Continuaciones.
La definitiva cristianización del mito la encontramos en La búsqueda del Grial, el segundo libro de la trilogía del Lanzarote en prosa (este Lanzarote en prosa es un extenso ciclo novelesco que reelabora la materia artúrica ampliando las aventuras caballerescas; se compone de un largo Lanzarote, La búsqueda del Santo Grial y La muerte del rey Arturo). Un nuevo héroe, el puro Galaad, se sitúa por encima de Perceval en una búsqueda que se va despojando de todo atributo mundano para ser una búsqueda espiritual. Galaad, el hijo de Lanzarote, nacido en una confusa noche de amor con una frágil princesa y educado por los monjes blancos, es puro y perfecto. Frente a él, Perceval resulta ingenuo y más mundano. Lanzarote, el gran caballero, está marcado por su pasión amorosa hacia la reina Ginebra. Sólo Galaad está predestinado a alcanzar el triunfo por su perfección espiritual.

La caballería celeste
El Grial es el centro de una experiencia visionaria y mística en que se despliegan los misterios divinos de la transubstanciación. El simbolismo místico del Grial, con sus disquisiciones eucarísticas, no dejaba de ser una doctrina heterodoxa que la Iglesia vio pronto con recelo y condenó después. Los clérigos que redactaron este hábeas novelesco, influidos por las doctrinas del Císter, prefirieron, con buenas razones, silenciar sus nombres. La búsqueda del Grial opone a los triunfos de la «caballería terrestre» los afanes trascendentes de la «caballería celeste». En la búsqueda del Grial fracasan los paladines mundanos, como Gauvain o Lanzarote. Sólo los puros de corazón, como Perceval, pueden alcanzar junto al nuevo paladín Galaad, el triunfo espiritual y acercarse a lo divino. Al final del relato, Galaad muere en pleno fulgor espiritual en la ciudad de Sarraz (una Jerusalén celeste) ante la visión de la copa, y una mano salida del cielo retira definitivamente el Grial de la tierra. En la última novela de la trilogía, La muerte del rey Arturo, se relatará el hundimiento trágico y las luchas fratricidas que acaban con la muerte del rey y sus mejores caballeros.
Tras esta obra, el mito del Grial generó ya pocos relatos originales. Salvo El joven Titurel de Albrecht von Scharfenberg, obra de gran extensión y complejidad, sólo aparecieron traducciones de las obras ya conocidas a otras lenguas y reescrituras, como por ejemplo la que se encuentra en La muerte de Arturo (1469-1470) del inglés sir Thomas Malory, en la que se recogen distintos mitos y temas para alcanzar, con un estilo brillante y vivaz, un auténtico compendio del universo artúrico.
Más allá de sus orígenes medievales, el mito del Grial, con sus múltiples interpretaciones, ha dejado una huella indeleble en el Occidente europeo. A través de recreaciones como el drama musical Parsifal de Wagner y, más tarde, las novelas de John Steinbeck (Los hechos del rey Arturo y El rey Arturo y sus caballeros) y Terence H. White (Camelot), esos ecos míticos y literarios llegan hasta nuestros días, no sólo por sus constantes reapariciones en la escritura y sobre todo en la cinematografía, sino porque albergan un modelo de pensamiento y sugieren un afán de aventuras que pueden ser considerados propiamente occidentales: la búsqueda (queste) y la pregunta (en latín, ambos proceden de la raíz del mismo verbo, quaerere) como actitud y riesgo en el enfrentamiento juvenil ante lo misterioso y trascendente.

En el principio - Blas de Otero

En el principio - Blas de Otero

Siempre nos quedan las palabras para expresar lo que sentimos.

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua;
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada;
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria;
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

No puedo más, lo dejo

No puedo más, lo dejo

Hace unos días comencé a leer Washington Square de Henry Hames, una novela que ya comencé con ganas hace unos tres años y que dejé. Y ahora he recordado porqué: la traducción es malísima. El libro está lleno de faltas de expresión, gramaticales, ortográficas, el lenguaje no se adecua a los personajes... Por desgracia mi inglés no me permite leer el original.

Lo bueno de leer un clásico no es sólo dejarse atrapar por la historia, sino disfrutar del lenguaje; y con esta versión es imposible. Así que abandono. Espero encontrar otra traducción en alguna librería de viejo. Luego miraré qué otro libro desempolvo de mi biblioteca.

Lunes, 11 de julio de 2005

Lunes, 11 de julio de 2005

El aire entra a través de la ventana; es una brisa suave que huele suavemente a humedad y a mar. El cielo después de cinco días vuelve a lucir claro y sin apenas nubes. El sol preside de nuevo el cielo y sus rayos amenazan con calentar dentro de un rato. La ciudad se está despertando.

En la oficina aún no hay nadie. Organizo los papeles que tengo encima de la mesa y me hago el plan de trabajo para la semana. Confío en cumplirlo.

Me pongo los auriculares para aislarme de los ruidos que entran de la calle: aviones, operarios. La voz de Sarah Brightman me relaja y me ayuda a concentrarme.

Miro el calendario: hoy comienza la segunda semana de julio. Dentro de un mes estaré de vacaciones, en la playa, en buena compañía. Sonrío. Ya falta menos, me digo.

Un reloj lejano da las nueve de la mañana. Es momento de ponerse a trabajar.

Feliz semana.

La cita

La cita

Anoche colgué la primera parte del relato que dejo ahora. Lo he enganchado desde el principio para aquellos que queráis leerlo y no os apetezca buscar la primera parte en un post anterior.

La cita

El verano parecía haberse desvanecido de repente. El cielo negro se rompió y de él comenzaron a bajar goterones de lluvia.

Al salir de la oficina le sorprendió el mal tiempo. Miró a izquierda y a derecha y se acordó de que al final de la calle había un cine en el que no había estado nunca. Fue corriendo para allí y se refugió en él. Al menos estaría dos horas resguardada. Compró una entrada para la primera película que le pareció apetecible y enfiló rumbo a su sala. Y allí estaba él, con su uniforme elegante controlando el acceso a la entrada. Hacía años que no le veía; la última vez fue una noche de verano, antes de que las circunstancias de sus respectivas vidas les separasen.
--Hola –saludó ella mirando a sus enormes ojos verdes--. No sabía que trabajases aquí. ¡Qué casualidad!.
--Hola –respondió él con una expresión de sorpresa en el rostro—. Ya ves, el mundo es un pañuelo.
Ella le entregó la entrada para que la cortase y no pudo evitar que sus dedos se enlazasen un momento con los de él.
--Antes de que entres en la sala, ¿te apetece ir a tomar algo después? –inquirió él todavía con los dedos de ella entre los suyos—. Salgo de trabajar cuando acabe esta sesión
--Perfecto –respondió ella sin pestañear.

No prestó atención a lo que veía en pantalla. Su mente no paraba de pensar y de recordar. Se habían conocido, como ocurre con todo lo bueno de la vida, de casualidad y su relación se fue fraguando café a café, película a película, libro a libro, conversación tras conversación. Un día se sorprendieron besándose, acariciándose, deseándose y cedieron al apetito mutuo. Poco podían sospechar entonces que poco después dejarían de verse por incompatibilidades horarias. Durante un tiempo se escribieron, incluso se vieron algunas veces antes de que la rutina diaria les absorbiese a ambos.

Cuando acabó la película ella se quedó aún un rato sentada en la butaca. Él entró en la sala, se acercó con sigilo sin que ella le viera y se sentó justó detrás de ella.
--Si no sales no podré recoger e irme. Si te parece bien, espérame en el café que hay a dos travesías yendo hacia la izquierda –dijo apartándole el pelo de la oreja y rozándola suavemente con los labios.

El café era pequeño pero acogedor. La decoración en madera le confería un tono cálido que aún lo hacía más agradable. Ese era el tipo de locales que les gustaban a ambos. Pidió un té y se dispuso a esperar. Él llegó a los veinte minutos vestido con una camiseta y unos tejanos que contrastaban con el uniforme que vestía unos minutos antes.
--No conocía este local –dijo ella para romper el hielo.
--¿No? –respondió él con tono socarrón— Pensé que conocías todos los locales de este tipo de la ciudad.
Ella rió a carcajadas. Durante el tiempo que duró su relación ella presumía de conocer los bares con más historia de la localidad.
--Pues ya ves que no –reconoció ella--. ¿Sabes que me alegro mucho de que hoy haga tan mal tiempo y que la casualidad haya decidido que me refugiase en tu cine del aguacero? –confesó por fin mirándole a los ojos.
--Me alegro que sea así –manifestó él cogiéndola de la mano.

Durante mucho rato estuvieron hablando de qué había sido de sus respectivas vidas. Él vivía en pareja, en cambio ella seguía sola e independiente.

Los camareros comenzaron a recoger el bar. La lluvia había cesado y por las calles se veía a la gente que antes se había encerrado para resguardarse del temporal.

--Me gustaría que vinieses a casa –confesó ella con deseo.
--Está bien, te acompaño. Aún dispongo que un poco de tiempo.

El camino hasta la casa de ella se hizo prácticamente en silencio. De vez en cuando uno de los dos comentaba alguna banalidad, pero la mirada de ambos denotaba apetito del otro.

Al entrar en el piso, él se avanzó y recorrió lentamente con la mirada todas las estancias.
--Todo está como lo recordaba. Parece que el tiempo no haya pasado. Todo tiene tu toque personal e inconfundible –señaló él antes de abrazarla y besarla.
--No sé si debemos… –expuso ella. Pero otro beso interrumpió la frase.
--Tengo ganas de volver a verte, de acariciarte, de sentirte muy cerca de mí. Creo que es algo que tenemos pendiente.
--¡Pero estás comprometido! –exclamó ella.
--Sí y los sentimientos hacia mi pareja no van a cambiar. Sólo será sexo.
Ella ardía por dentro. Sentía que su cuerpo clamaba por él de nuevo.
--Está bien –asintió por fin.
--El viernes salgo temprano de trabajar, podría venir al salir.
--Muy bien, hasta el viernes entonces.

La semana pasó lenta, muy lenta. La noche del viernes durmió mal. Tenía sentimientos contradictorios: por un lado deseaba ese regalo, por el otro sentía que actuaba con negligencia.

La ducha de esa mañana fue larga, la piel caliente se calmaba con el agua. Eligió encaje rojo para ese día; recordaba que era uno de los colores favoritos de él y mientras se vestía tuvo un presentimiento: “él no va a venir”.

La mañana fue dura en la oficina y las visitas a la máquina de café más habituales de lo normal. A mediodía recibió un mensaje: “No puedo venir, me ha surgido un imprevisto. Ya te contaré. Lo siento.”

Las horas de la tarde parecían no pasar, pero decidió quedarse más tiempo en la oficina para no ir a casa y sentir aún más su ausencia. Seguía deseándole con fuerza.

En el despacho había alguien más con ella; un compañero de su misma edad con el que no había cruzado más que unas pocas palabras en el tiempo que hacía que trabajaba allí. Se encontraron frente a la máquina de café.
--¿En viernes y todavía aquí? –preguntó ella para romper el hielo.
--Sí. La cita que tenía se ha anulado y no me apetecía estar solo en casa. Me iba a ir ya.
--Oye, ¿te apetece ir a tomar algo? --inquirió ella con rapidez--. Conozco un bar cercano muy acogedor.
--Me parece la mejor oferta que me pueden hacer ahora mismo --respondió él con una sonrisa.

La cita I

El verano parecía haberse desvanecido de repente. El cielo negro se rompió y de él comenzaron a bajar goterones de lluvia.

Al salir de la oficina le sorprendió el mal tiempo. Miró a izquierda y a derecha y se acordó de que al final de la calle había un cine en el que no había estado nunca. Fue corriendo para allí y se refugió en él. Al menos estaría dos horas resguardada. Compró una entrada para la primera película que le pareció apetecible y enfiló rumbo a su sala. Y allí estaba él, con su uniforme elegante controlando el acceso a la entrada. Hacía años que no le veía; la última vez fue una noche de verano, antes de que las circunstancias de sus respectivas vidas les separasen.
--Hola –saludó ella mirando a sus enormes ojos verdes--. No sabía que trabajases aquí. ¡Qué casualidad!.
--Hola –respondió él con una expresión de sorpresa en el rostro—. Ya ves, el mundo es un pañuelo.
Ella le entregó la entrada para que la cortase y no pudo evitar que sus dedos se enlazasen un momento con los de él.
--Antes de que entres en la sala, ¿te apetece ir a tomar algo después? –inquirió él todavía con los dedos de ella entre los suyos—. Salgo de trabajar cuando acabe esta sesión
--Perfecto –respondió ella sin pestañear.

No prestó atención a lo que veía en pantalla. Su mente no paraba de pensar y de recordar. Se habían conocido, como ocurre con todo lo bueno de la vida, de casualidad y su relación se fue fraguando café a café, película a película, libro a libro, conversación tras conversación. Un día se sorprendieron besándose, acariciándose, deseándose y cedieron al apetito mutuo. Poco podían sospechar entonces que poco después dejarían de verse por incompatibilidades horarias. Durante un tiempo se escribieron, incluso se vieron algunas veces antes de que la rutina diaria les absorbiese a ambos.

Lo sé, está a medias, pero he prometido a alguien que esta noche lo iba a colgar. El sueño me está venciendo y no soy capaz de escribir más. De verdad, hoy sí lo acabo.

Cosas de niños

Cosas de niños

Esta mañana he compartido parte del trayecto en tren hasta la oficina con un niño de dos años y su padre. Mientras hacía ver que leía, les observaba de soslayo. El niño estaba sentado a mi lado, su padre justo delante de mí. El padre estaba enseñando a su hijo cómo debía sentarse de manera correcta al ir en transporte público. El niño, con una cara de travieso que hará las delicias de las niñas dentro de unos años, miraba a su padre y se ponía de pie sobre el asiento; el padre le decía que se sentase de nuevo o bien harían el trayecto de pie. El niño volvía a sentarse correctamente y, al rato, con la misma cara de pillo de antes volvía a subirse al asiento.

La “lucha” entre padre e hijo ha durado un rato. Al final ha ganado la batalla el padre, quién al ver que el niño se tomaba el viaje en tren como un juego, e imagino que pensando que el comportamiento de su hijo podía molestar a las personas que compartían esos asientos, le ha obligado a dejar el asiento y hacer el viaje de pie. Pero el niño no se ha rendido, ha vuelto a sentarse, ha mirado a su padre otra vez con sus ojos astutos y ha comenzado el juego de nuevo.

No sé quién ha ganado la “guerra” porque he llegado pronto a mi destino, pero puedo asegurar, por lo que he visto, que ese niño cuando crezca dará mucha.

Perlas de sabiduría

Perlas de sabiduría

He encendido el televisor mientras cenaba. Me hace compañía un rato, aunque cada día me cuesta más quedarme parada en un canal. Haciendo zapping me ha parecido ver a una antigua profesora de la facultad. He regresado a ese canal y efectivamente era ella: Victoria Cirlot. No lo he dudado ni un instante: he dejado esa cadena. El programa en el que estaba invitada trata sobre literatura y cada semana hacen una entrevista a un escritor que es noticia en esos días bien por la publicación de un nuevo libro, bien por el aniversario de la edición de una obra suya emblemática (ese fue el caso de Eduardo Mendoza al cumplirse los 30 años de la publicación de La verdad sobre el caso Savolta que es, a mi parecer, la mejor novela que ha escrito). Victoria Cirlot acaba de publicar Figuras del Destino . Mitos y Símbolos de la Europa Medieval , un ensayo sobre tres de los personajes más relevantes de la literatura medieval: Lancelot, Tristán y Perceval.

Victoria Cirlot es una de las mejores especialistas en el ciclo artúrico y en literatura medieval que tenemos en este país. Tuve la suerte de tenerla de profesora, pero la desgracia que durante el segundo ciclo de la carrera –que era cuando tuve libertad para elegir el mayor número de asignaturas— no diese ninguna sobre el ciclo artúrico, que desde niña me ha apasionado. En cambio, gracias a su asignatura de literatura comparada centrada en el amor en la literatura medieval, aprendí que es de locos casarse con la persona a la que amas (Denis de Rougemont dixit en El amor y occidente después de analizar el amor de Tristán e Iseo).

Esta noche he cenado acompañada por Arturo, Lancelot, Perceval, Yvain, Tristán, el Santo Grial, los laberintos, los viajes iniciáticos, las justas…, y un montón de pequeñas perlas de sabiduría de las que me he alimentado mientras veía la televisión y que aún paladeo ahora.

Pero mi cabecita no para de pensar en una de esas perlas que he degustado esta noche. Es cierto que en la edad media la literatura tenía una función didáctica, se leía en público y en público se admiraban las miniaturas que iluminaban los libros (un objeto de lujo sólo al alcance de unos pocos), con lo que los héroes debían ser tomados como ejemplo de virtudes. Entonces, ¿por qué dos de los grandes héroes medievales convierten a sus amadas en adúlteras traicionando a un gran amigo (en el caso de Lancelot) o a su tío (en el de Tristán)?

El relato que pensaba escribir esta noche se ha desvanecido. Quizá lo comience mañana.

Pierre Menard autor del Quijote - Jorge Luis Borges

Pierre Menard autor del Quijote - Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges es, sin duda, uno de los mejores escritores que ha dado la lengua española, pero desde mi punto de vista, una de sus incongruencias fue la de afirmar que prefería leer el Quijote en inglés que en castellano. Quizá era una manera de provocar, nunca lo sabremos.

Uno de los mejores cuentos de Borges es "Pierre Menard autor del Quijote". Quizá tomó la inspiración del mismo Cervantes quién, en un "divertimento" en su monumental obra, hace volver locos a los lectores (y estudiosos) haciendo aparecer a los "verdaderos" autores de su obra.

Aquí dejo el relato de Borges.

LA OBRA VISIBLE que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores —si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.
Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.
He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:
a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).
b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).
c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).
d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).
e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.
f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).
g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).
h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.
i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint¬Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).
j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).
k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.
l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).
m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point, monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.
n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ¬recuerdo¬ declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.
o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).
p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)
q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” ¬la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio¬ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.
r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).
s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]
Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]
Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis —¬el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden¬— que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos ¬decía¬ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.
No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ¬palabra por palabra y línea por línea¬ con las de Miguel de Cervantes.
“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica —el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales— no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.
El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo ¬por —consiguiente, menos interesante— que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje —Cervantes— pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote —todo el Quijote— como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI —no ensayado nunca por él— reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:
Where a malignant and a turbaned Turk...
¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:
Ah, bear in mind this garden was enchanted!
o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”
A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.
No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el XXXVIII de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard —hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell— reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)
Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir— son descaradamente pragmáticas.
También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.
No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo —cuando no un párrafo o un nombre— de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote —me dijo Menard— fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.
Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.
He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —Tenues pero no indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...
“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”
Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?

Nîmes, 1939

[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.

[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?

[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.

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Sarah Brightman - Only an ocean away

Sarah Brightman - Only an ocean away

En ocasiones la distancia entre dos personas puede ser tan grande como un océano.

I see a shadow every day and night.
I walk a hundred streets of neon lights,
Only when I'm crying.
Can you hear me crying.
So many times you always wanted more,
Chasing illusions that you're longing for.
Wish I wasn't crying.
Can you hear me crying.

There's an ocean between us.
You know where to find me.
You reach out and touch me.
I feel you in my own heart.
More than a lifetime.
Still goes on forever.
But it helps to remember
You're only an ocean away.

Was there a moment when I felt no pain.
I want to feel it in my life again.
Let it be over now.
Oh Oh over now.
'Cause I remember all the days and nights
We used to walk the streets of neon lights
Oh I want you here with me.
Oh be here with me.

There's an ocean between us.
You know where to find me.
You reach out and touch me.
I feel you in my own heart.
More than a lifetime
Still goes on forever.
But it helps to remember
You're only an ocean away.

So many times you always wanted more,
Chasing illusions that you're longing for.
Wish I wasn't crying.
Can you hear me crying.

There's an ocean between us.
You know where to find me.
Just reach out and touch me.
I feel you in my own heart.
More than a lifetime
It seems like forever.
But I'll always remember
You're only an ocean away.

Only an ocean away.

Congreso en Estocolmo – José Luis Sampedro

Congreso en Estocolmo – José Luis Sampedro

La semana pasada acabé de leer Congreso en Estocolmo de José Luis Sampedro. La novela tiene, en apariencia, un argumento trivial: un profesor de matemáticas de un instituto de Soria viaja a Estocolmo para participar en un congreso científico. La acción se sitúa en los grises años cincuenta y el contraste entre culturas impresiona al matemático español quién cambiará su forma de entender la vida en su estancia en Estocolmo. Allí descubrirá el amor, la amistad verdadera con alguien lejano a quién no conocía antes, la vida y la muerte digna en la figura de un reno, los mil y un significados que puede tener una simple escultura dependiendo del estado de ánimo de quién la contempla…

Sampedro traza un retrato complejo de su personaje, un hombre que al principio siente no encajar en el nuevo mundo en el que estará durante unos días, pero del que más adelante sentirá formar parte. Un hombre que después de conocer a una serie de personajes que se tropezarán con él en su estancia en Estocolmo, descubrirá la pasión por la vida y dejará de dar importancia a todo aquello que se la daba en su Soria natal. Un hombre que, en definitiva, aprende a vivir y a amar y que es capaz de decir esto:

“—Pongo todas mis fuerzas, todos mis sentidos, solamente en vivir…-- ¿Tú sabes cuánto he sufrido yo también estos días? Muchas veces leí en novelas esas dos palabras: “Amor imposible”, e ignoré que podían matar de consumición mientras no viví que mi amor imposible se llamaba precisamente Karin, una muchachita prodigiosa con estos labios…, estos ojos…, estos hombros... Vive y no pienses, cariño; no pierdas este presente único por las sombras del futuro.”

Ésta es la primera novela de José Luis Sampedro. Se publicó en el año 1952 y, además que su argumento todavía tiene vigencia hoy, en ella ya se encuentran, no sólo su particular prosa, sino la manera de dibujar unos personajes poliédricos, plenos, y una de las características que más me gusta de todas las novelas que he leído de él: la pasión por la vida de sus personajes.

Impulsos

Impulsos

Soy una mujer impulsiva, siempre lo he sido y aunque con el tiempo he aprendido a controlar mis impulsos y a no dejarme vencer por ellos, hay veces que no puedo evitarlo.

El viernes cedí a uno.

Entré en una librería que tengo cerca de casa a mirar libros sobre el tema en el que estoy trabajando y allí estaba, sobre una de las estanterías. Sólo quedaban dos ejemplares. “Edición del centenario” rezaba la portada. Cogí uno casi ceremoniosamente, la edición estaba muy bien cuidada, las ilustraciones eran preciosas e imaginé la cara que pondría él al ver la cubierta deliciosamente diseñada, al sentir el peso entre sus manos, al ver las ilustraciones del interior… “Debe tenerlo”, me dije, “sabrá apreciarlo”. Miré el precio y sin pestañear se lo compré.

No sé cuándo se lo podré regalar, ahora está demasiado lejos, pero lo guardaré en una de mis estanterías hasta que se lo pueda dar. Si mi corazonada no falla, le encantará.

Cartas

Cartas

Escribir cartas es una de las maneras más hermosas de mantener el contacto con las personas que quieres y están lejos. Es hermoso sentarse frente a una hoja de papel, acariciar la página en blanco, coger la pluma recién cargada y deslizarla suavemente sobre el papel dejando fluir las palabras.

Por desgracia cada vez escribo menos cartas.

Pero, porque siempre debe haber un pero, el correo electrónico y el documento en blanco han sustituido a la carta y a la hoja de papel. El ritual no es tan sensitivo, es cierto, pero el fluir de las palabras es el mismo y la alegría de recibir noticias de los seres queridos idéntica. Frente a una hoja de papel o un documento en blanco es mucho más fácil expresar algunos sentimientos que a viva voz cuestan de articular. Pero esto, como decía Michael Ende, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

Por cierto, hoy sin falta debo escribir “carta” con destino Londres.

Recibes cartas – Presuntos implicados

Recibes cartas – Presuntos implicados

Uno de los más hermosos métodos de estar en contacto con las personas que importan

Recibes cartas y te emocionas
llegan de Palma o Barcelona;
llaman aquí, para oír mi voz
saber de mí, saber de mí.

Mandan noticias, llega nostalgia
y en la distancia vuelan caricias;
un día más regresas y
están allí, siguen allí.

Volverte a ver y sonreír,
merece el tiempo que decidí
llenar tan sólo de música
y parece que olvide de donde soy
de tanto decir adiós.

Noche de finales de junio

Noche de finales de junio

El calor es sofocante, el poco aire que corre parece quemar a quién lo recibe. Las noches se hacen largas a pesar de que son más cortas de nunca.

Tumbada en la cama oyes los ruidos que vienen de la calle: amigos que ríen, basureros que trabajan, gaviotas que graznan.

La luna preside el cielo que ves desde la ventana de tu habitación. No la cubre ni una sola nube y piensas que si estuvieses en la montaña verías las diferentes constelaciones y, entonces, te repites a ti misma que tienes que aprender a distinguirlas de una vez, que debe ser hermoso estar con alguien a altas horas de la mañana sobre una colina contemplando el firmamento.

Te das la vuelta por enésima vez. No hay manera de conseguir dormir. Mañana el despertador sonará temprano; él no distingue si has descansado o no, él simplemente cumple con su cometido.

Por suerte la semana ya se acaba, intentarás descansar los días de fiesta, pero sabes que te apetece salir, estar con los amigos, vivir la vida, y sientes que las horas de sueño que ahora estás perdiendo no las recuperarás. Aún así adoras el verano, la alegría que te transmite, la vitalidad de la que te impregna, y das una vuelta más y te abrazas a la almohada deseando que pronto se convierta en alguien especial y puedas compartir con él las noches veraniegas con sabor a mar que tanto adoras.

Felices sueños

Viceversa - Mario Benedetti

Viceversa -  Mario Benedetti

No sé por qué extraño motivo a veces tenemos muchas ganas de ver a alguien y a la vez temor de que ocurra. He reflexionado muchas veces sobre ello y quizá sea porque tememos que las expectativas no se cumplan.

Aquí os dejo un poema de Mario Benedetti sobre el tema.

Viceversa

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte.
Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte.
Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte.
o sea,
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

Tengo muchas ganas de verte.

Un americano en París

Un americano en París

Los domingos por la tarde suelo pasarlos viendo alguna buena película. El cine es una de mis grandes aficiones y me gusta cultivarla. Esta semana después de comer mi invitado y yo elegimos ver de mutuo acuerdo Un americano en París

Esta película dirigida en 1951 por Vincent Minnelli y protagonizada por Gene Kelly y Leslie Caron es una de las grandes joyas del cine musical americano.

Inspirada en la pieza homónima de George Gershwing, el argumento es simple y, hasta me atrevo a decir, que simplón: un excombatiente americano consigue una beca para estudiar arte en París y se acaba instalando allí prendado por la ciudad. Después de dos años de no cosechar éxitos, una rica heredera se fija en él, aunque no sólo por su talento. Pero él se enamora de una dependienta de una perfumería, pretendida a su vez, por un cantante de Music-Hall amigo del pintor al que da vida Kelly.

Lo más espectacular del film es el número de baile final: 18 minutos en los que la música de Gershwing sirven de banda sonora para las ensoñaciones del joven pintor. Los decorados, una recreación de París, se crearon inspirándose en diferentes pintores cuya trayectoria artística discurrió en Francia.

Leslie Caron debutó en la gran pantalla con esta película y fue precisamente Kelly, para mí el gran coreógrafo y bailarín del Hollywood dorado, quién la descubrió viéndola bailar como solista en un ballet de Francia.

Una auténtica obra maestra del cine musical.

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27 grados

La primera noticia que he escuchado esta mañana al despertarme ha sido que, a las 7 de la mañana, en el centro de la ciudad, la temperatura era de 27 grados.

Feliz y caluroso día.

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